Vivimos en una ciudad enferma, la nuestra no es una ciudad saludable. Si lo fuera, cumpliría con la sencilla definición que nos ofrece la Organización Mundial de la Salud, OMS: “aquella que está constantemente creando y mejorando el entorno físico y social que desarrolla los recursos comunitarios que permiten a las personas se ayudan mutuamente en la realización de todas las funciones vitales y desarrollar todo su potencial” Y, nos viene advirtiendo desde hace algún tiempo que “el entorno urbano tiene un impacto directo en la salud de los habitantes, y destaca el papel fundamental de la planificación urbana en la consecución de un siglo XXI saludable. En especial, la Organización hace un llamamiento a las autoridades municipales, residentes y promotores de una vida saludable, entre otros, para que examinen atentamente las inequidades sanitarias en las ciudades y tomen las medidas oportunas…”
Para aterrizar esa definición de la OMS en neustro contexto capitalino, compartiré a continuación, el estado de algunos parámetros que hacen de la nuestra una ciudad enferma.
Para analizar que pasa con nuestro sistema de salud comparto la última evaluación de las Funciones Esenciales de Salud Pública, FESP, agregando al importante llamado de atención que nos hacen diariamente los periódicos, y en su edición de hoy 