En Panamá, el internado médico representa uno de los momentos más decisivos —y, paradójicamente, más frustrantes— en la formación de nuestros profesionales de la salud. Diseñado como el puente entre la universidad y el ejercicio pleno de la medicina, hoy opera, en muchos casos, como un cuello de botella que retrasa la incorporación de talento joven al sistema, profundiza inequidades formativas y evidencia fallas estructurales en la planificación del recurso humano en salud.
El internado médico en Panamá enfrenta serios desafíos: exceso de egresados, falta de plazas y desalineación con las necesidades del sistema de salud. Este artículo no busca cuestionar la necesidad del internado, sino abrir un debate urgente y necesario sobre su pertinencia, su diseño y su alineación con las necesidades reales del país.