Hace algunos años escribí sobre la necesidad de fortalecer las capacidades nacionales en ciencias del comportamiento, comenzando por su incorporación a las políticas de salud.
La idea partía de una premisa sencilla pero frecuentemente ignorada: las personas no toman decisiones únicamente a partir de la información que poseen. Sus comportamientos están influidos por sus experiencias, emociones, percepciones, relaciones sociales, incentivos, condiciones económicas y por el entorno en el que viven.
Por eso, conocer una enfermedad no garantiza que una persona adopte conductas saludables; conocer los riesgos de conducir a exceso de velocidad no garantiza que disminuya la velocidad; conocer las consecuencias del tabaquismo no garantiza que alguien deje de fumar; y recibir información sobre la importancia de vacunarse tampoco asegura que una persona se vacune.