Los resultados de PISA 2025 y el reciente seminario organizado por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) vuelven a colocar la educación en el centro de una discusión que América Latina no puede seguir postergando: cómo garantizar que todos los jóvenes aprendan y que las desigualdades sociales no determinen sus oportunidades.
El Programa Internacional de Evaluación de Estudiantes de la OCDE (PISA) no es simplemente una clasificación internacional. Es una herramienta para saber qué están aprendiendo los estudiantes de 15 años, quiénes están quedando atrás y cuánto pesa su origen familiar y social sobre sus posibilidades de aprendizaje.
Reflexiones sobre PISA 2025: el rendimiento educativo
La primera advertencia de los resultados de la prueba PISA 2025 es global. El rendimiento educativo continúa deteriorándose en buena parte de los países de la OCDE. En matemáticas y lectura los resultados promedio son hoy inferiores a los de hace una década, mientras que las dificultades se hicieron más visibles después de la pandemia. La crisis de los aprendizajes, por tanto, no es exclusivamente latinoamericana.
Pero nuestra región enfrenta un desafío mayor: partimos de niveles de aprendizaje considerablemente más bajos y con profundas desigualdades.
¿Qué dice la CEPAL?
De acuerdo con el análisis presentado por la CEPAL, apenas 17,3 % de los estudiantes latinoamericanos alcanzó en PISA 2025 el nivel mínimo de competencia simultáneamente en ciencias, matemáticas, lectura y resolución de problemas computacionales. En los países de la OCDE esa proporción llegó a 53,2 %.
La desigualdad social atraviesa estos resultados. Entre los estudiantes latinoamericanos del cuartil socioeconómico más desfavorecido, 73 % no alcanzó el nivel básico en ciencias, frente a 34,2 % entre los del cuartil más favorecido.
La conclusión es difícil de ignorar: el lugar donde nace y crece un estudiante continúa condicionando sus posibilidades de aprender.
La CEPAL identifica así un doble desafío: no basta con garantizar que los niños y jóvenes estén dentro del sistema educativo. Hay que asegurar que permanezcan, concluyan sus trayectorias y, sobre todo, aprendan. Cobertura sin calidad no garantiza igualdad de oportunidades.
¿PISA 2025 en Panamá?
Nuestro país no participó en PISA 2025. La última evaluación internacional en la que participamos fue en PISA 2022. Pero sus resultados siguen siendo una referencia indispensable para entender dónde estábamos y, sobre todo, para preguntarnos cuánto hemos avanzado desde entonces.
En 2022 Panamá obtuvo 357 puntos en matemáticas, 392 en lectura y 388 en ciencias, frente a promedios de la OCDE de 472, 476 y 485 puntos, respectivamente.
El dato más preocupante corresponde a matemáticas: solamente 16 % de nuestros estudiantes alcanzó el nivel mínimo de competencia, frente a 69 % en la OCDE. En lectura lo alcanzó 42 % y en ciencias 38 %.
Estas cifras deben preocuparnos, pero también debemos reconocer los avances. Entre 2018 y 2022 Panamá mejoró significativamente en lectura y ciencias, mientras matemáticas permaneció aproximadamente estable. Además, en matemáticas se redujo la distancia entre los estudiantes de mayor y menor rendimiento porque mejoraron los resultados de quienes estaban en los niveles más bajos.
Desigualdad social y aprendizaje
Sin embargo, detrás de los promedios aparece una realidad todavía más profunda: la desigualdad social se refleja directamente en los aprendizajes.
Los estudiantes panameños pertenecientes al 25 % socioeconómicamente más favorecido superaron en 77 puntos de matemáticas a los del 25 % más desfavorecido. La condición socioeconómica explicó 20% de la variación del rendimiento en matemáticas, frente a 15 % en promedio en los países de la OCDE.
Esto significa que la desigualdad no se queda fuera de la escuela. Entra al aula, condiciona las oportunidades de aprendizaje y termina reflejándose en los resultados.
El origen influye, pero no tiene por qué determinar el destino
Pero aquí aparece también una señal de esperanza.
El 8 % de los estudiantes panameños socioeconómicamente desfavorecidos logró ubicarse entre el 25 % de mayor rendimiento en matemáticas. Son estudiantes que PISA identifica como resilientes desde el punto de vista académico: jóvenes que, pese a enfrentar condiciones sociales adversas, consiguieron alcanzar niveles elevados de desempeño.
Esta evidencia nos recuerda algo fundamental: el origen influye, pero no tiene por qué determinar el destino.
La tarea de las políticas públicas
La tarea de las políticas públicas consiste precisamente en ampliar las oportunidades que hoy tienen unos pocos. Para ello necesitamos una política educativa sostenida, que combine medidas universales con apoyos dirigidos a quienes enfrentan mayores desventajas.
Eso significa invertir desde la primera infancia; fortalecer la enseñanza de lectura, matemáticas y ciencias; apoyar y profesionalizar a los docentes; reducir las brechas territoriales; mejorar las condiciones de las escuelas más vulnerables; prevenir el abandono escolar y utilizar la información disponible para identificar tempranamente a quienes están quedando atrás.
También significa preparar a los jóvenes para un mundo que cambia rápidamente. PISA 2025 incorpora nuevas dimensiones relacionadas con la capacidad de resolver problemas mediante herramientas digitales. Pero la tecnología no sustituye las competencias fundamentales. Un joven que no comprende lo que lee o que no domina las matemáticas difícilmente podrá aprovechar plenamente las oportunidades que ofrece la inteligencia artificial y la transformación digital.
Calidad y equidad
Por eso no podemos elegir entre calidad y equidad. Necesitamos ambas.
Una educación de excelencia para unos pocos no construye una sociedad desarrollada. Y una educación que amplía la matrícula pero no garantiza aprendizajes tampoco cumple su función transformadora.
PISA 2025 nos ofrece, en consecuencia, mucho más que una comparación internacional. Nos ofrece un espejo.
Panamá debería mirarse en él con honestidad y actuar con decisión. No para perseguir una posición determinada en una tabla, sino para garantizar que cada niño y cada joven tenga la oportunidad de aprender y desarrollar plenamente sus capacidades.
Porque el verdadero éxito de nuestro sistema educativo no será que algunos lleguen muy lejos a pesar de su origen, sino que cada vez sean más los que puedan hacerlo precisamente porque la educación les abrió el camino.
Y, sobre todo, porque el lugar donde nace un niño no debería determinar su futuro.
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