Panamá acaba de presentar su nueva Marca País: “Panamá, Anfitrión del Mundo”. La iniciativa busca proyectar internacionalmente una visión integral del país, apoyada en nuestras fortalezas en materia de turismo, inversión, exportaciones, logística y sostenibilidad. Su propósito es ambicioso y necesario: mostrar a Panamá como un país abierto, diverso, conectado y confiable, capaz de recibir, crear oportunidades y generar prosperidad.
La propuesta merece reconocimiento. Panamá necesita una imagen coherente y duradera que trascienda los gobiernos y ayude a posicionar al país ante visitantes, inversionistas y mercados internacionales.
En sentido, comparto _con algunas ampliaciones pertinentes_ mi columna de Destino Panamá, en la que invito a reflexionar sobre una pregunta fundamental: ¿cómo se construye realmente una marca país?
La nueva Marca País
Un logotipo y una campaña de comunicación de la nueva Marca País son importantes, y deben complementarse todos los días, con la experiencia que viven sus ciudadanos y quienes nos visitan cuando utilizan nuestros servicios, recorren nuestras ciudades, realizan un trámite o se relacionan con nuestras instituciones.
En otras palabras, la imagen que proyectamos debe corresponderse con la realidad que ofrecemos.
Por eso, si queremos ser reconocidos como un país moderno, confiable y con vocación de servicio, debemos prestar especial atención a las personas que, desde las instituciones públicas, convierten esas aspiraciones en experiencias concretas. Cada servidor público es, en alguna medida, un representante de Panamá.
El Sector Salud en la Marca País
El sector salud ofrece un buen ejemplo. Pocas áreas del Estado tienen una relación tan directa y trascendente con las personas. Todos, tarde o temprano, dependemos de sus servicios. Y cuando una persona acude a un centro de salud, a un hospital o a una institución responsable de proteger la salud pública, no evalúa solamente una campaña, una política o una promesa. Evalúa la realidad del país a través de la atención que recibe.
Recuerda si fue atendida con respeto, si encontró un personal preparado, si recibió información clara y oportuna, si el servicio funcionó y si la institución respondió a sus necesidades. Para quien necesita atención, la marca país no se expresa en un eslogan; se expresa en la competencia, el compromiso y la humanidad de quien la atiende.
Esta reflexión cobra especial importancia porque la calidad de los resultados en salud depende de competencias que deben estar presentes en todos los niveles del sistema.
En el nivel político y estratégico se requiere visión, liderazgo, ética y capacidad para formular políticas basadas en evidencia. En el nivel directivo y gerencial, competencias para transformar políticas en resultados mediante planificación, gestión, decisiones e innovación. En el nivel profesional y técnico, conocimientos especializados, comunicación, trabajo en equipo y compromiso ético. Cada nivel demanda capacidades específicas, pero todos comparten un propósito común: servir eficazmente y responder a las necesidades de las personas.
Meritocracia para garantizar las competencias necesarias
De allí la importancia de que las competencias no queden únicamente en documentos o perfiles de puestos. Deben convertirse en uno de los principales criterios para seleccionar, desarrollar, evaluar y promover al personal. Si queremos instituciones más eficaces y confiables, necesitamos fortalecer la profesionalización y asegurar que las responsabilidades sean ejercidas por personas que posean los conocimientos, habilidades, actitudes y valores que cada puesto demanda.
Esto significa avanzar hacia una verdadera meritocracia, entendida no como un privilegio para unos pocos, sino como la garantía de que el interés público está por encima de los intereses particulares. La continuidad institucional, especialmente en posiciones técnicas y gerenciales, también es fundamental para evitar que el conocimiento y las capacidades acumuladas se pierdan con cada cambio de administración.
El desafío para la nueva Marca País
La nueva Marca País representa una oportunidad para pensar en este desafío de manera más amplia. Lo que planteamos para el sector salud es igualmente válido para la educación, la seguridad, la justicia, el ambiente, la infraestructura y todas las instituciones responsables de servir a la población.
Podemos proyectar al mundo la imagen de un país generoso, conectado, diverso y confiable. Pero esas cualidades deben hacerse visibles en el funcionamiento cotidiano del Estado. La confianza no se diseña: se gana. La reputación no se decreta: se construye. Y una marca país no se sostiene solamente con publicidad, sino con experiencias coherentes con la promesa que hacemos.
Por eso, fortalecer las competencias del personal público debe formar parte de cualquier estrategia seria para construir el Panamá que queremos mostrar al mundo.
En el sector salud, ello significa contar con autoridades capaces de definir el rumbo; directivos competentes para transformar las políticas en resultados; y profesionales y técnicos preparados para brindar servicios seguros, oportunos, humanos y de calidad.
Pero la lección trasciende la salud: la mejor marca país será aquella que no necesite demasiadas explicaciones, porque quienes viven en Panamá y quienes nos visitan puedan reconocerla, todos los días, en la calidad de sus instituciones y en la competencia de las personas que las hacen funcionar.
Al final, Panamá será, ante los ojos del mundo, aquello que sus ciudadanos y sus instituciones sean capaces de demostrar con sus acciones.
La marca país comienza en casa. Y se construye, todos los días, con personas competentes al servicio de todos.
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