La formación de los médicos en Panamá vuelve a ocupar el centro del debate nacional. Esta vez, los resultados del Examen de Certificación Básica en Medicina han puesto sobre la mesa una pregunta que no podemos seguir postergando: ¿estamos formando a los médicos que el país necesita y asegurando que lleguen al ejercicio profesional con las competencias necesarias para atender a nuestra población?
La pregunta es más amplia que el examen y mucho más importante que sus resultados particulares.
Ofrezco un análisis reflexivo para contribuir al debate y los invito a complementar el contenido con sus aportes.
Formación de los médicos en Panamá: notas sobre la certificación
De acuerdo con información obtenida por La Prensa mediante una solicitud de información pública, en la convocatoria de septiembre de 2025 participaron 751 aspirantes y 415 aprobaron, para una tasa de 55.26%. En enero de 2026 fueron evaluados 601 aspirantes y 68 alcanzaron el puntaje requerido, equivalente al 11.31%. Las seis universidades que participaron en ambas convocatorias registraron descensos en sus porcentajes de aprobación.
Estos resultados merecen ser estudiados con rigor. No permiten, por sí solos, establecer las causas de la diferencia entre convocatorias ni atribuir responsabilidades particulares. Pero sí constituyen una señal suficientemente importante como para preguntarnos qué está ocurriendo a lo largo de la cadena de formación médica.
Porque el problema no comienza en el examen ni termina en el internado.
El examen es una señal, no el problema
La certificación básica cumple una función esencial: comprobar que quienes culminan su formación universitaria poseen un conjunto mínimo de conocimientos y competencias antes de ingresar al internado y continuar su trayectoria profesional.
En Panamá, el proceso está establecido en la Ley 43 de 2004, modificada por la Ley 32 de 2008. El Consejo Interinstitucional de Certificación Básica, en coordinación con la Universidad de Panamá, tiene entre sus responsabilidades la elaboración, aplicación y evaluación de los exámenes de certificación. Para Medicina, el examen se realiza antes del internado y se aplica desde 2014 en coordinación con el National Board of Medical Examiners (NBME).
Por eso, considero equivocado convertir el examen en el problema.
Un sistema sanitario que pretende garantizar la seguridad de los pacientes necesita establecer estándares mínimos de competencia. La pregunta correcta no es si debemos evaluar a los futuros médicos, sino qué debemos evaluar, con qué estándares, cómo utilizamos los resultados y qué hacemos cuando estos revelan brechas importantes.
El examen puede funcionar, en ese sentido, como un instrumento de garantía de calidad y también como una fuente de información para mejorar la educación médica.
Si los resultados muestran diferencias importantes entre cohortes o instituciones, corresponde estudiar sus causas: características de los estudiantes, cambios en los criterios de aprobación, planes de estudio, métodos de enseñanza, exposición clínica, preparación para la evaluación y condiciones de los campos de práctica, entre otros factores.
La formación de los médicos en Panamá no termina cuando termina la universidad
Obtener el título de médico no significa haber terminado de aprender a ejercer la medicina.
La educación universitaria proporciona las bases científicas y clínicas. La práctica supervisada permite convertir ese conocimiento en competencias. El internado representa, precisamente, uno de los puentes fundamentales entre la formación académica y el ejercicio profesional.
El Reglamento General de los Médicos Internos y Residentes establece como requisito para inscribirse al internado contar con el certificado de aprobación del Examen de Certificación Básica en Medicina. Además, dispone que la adjudicación de las plazas para el internado se realice de acuerdo con el puntaje obtenido en dicho examen.
Esto significa que certificación e internado no son procesos aislados. Forman parte de una misma trayectoria.
Pero no basta con disponer de plazas. El internado debe garantizar exposición clínica suficiente, supervisión efectiva, tutores preparados, evaluación por competencias y experiencias tanto hospitalarias como de atención preventiva y comunitaria.
La normativa vigente contempla precisamente que la formación de los médicos internos incluya responsabilidades de atención preventiva y reparativa a la población, mediante la coordinación entre el Ministerio de Salud y la Caja de Seguro Social.
Por eso, la discusión sobre si el internado debe durar uno o dos años no debería reducirse a contar meses.
La pregunta esencial es otra: ¿Qué competencias debe demostrar un médico al finalizar el internado y antes de incorporarse plenamente al ejercicio profesional?
Del conocimiento a las competencias
La pregunta anterior nos conduce a un concepto central para cualquier reforma de la formación de los recursos humanos en salud: competencias.
Un médico competente no es simplemente quien recuerda más enfermedades, medicamentos o procedimientos. Es quien puede integrar conocimientos científicos, habilidades clínicas, comunicación, ética, trabajo en equipo y capacidad para tomar decisiones seguras en contextos reales.
Entre las competencias profesionales que nuestro sistema necesita se encuentran la capacidad diagnóstica y terapéutica basada en evidencia, el manejo seguro de procedimientos, la aplicación de guías y protocolos, la comunicación efectiva con pacientes y familias, el trabajo interdisciplinario, el respeto por la autonomía y dignidad de las personas, el uso racional de los recursos, la participación en procesos de calidad y seguridad del paciente y el manejo adecuado de la información y las tecnologías sanitarias.
Esto cambia la manera de entender la formación. No se trata solamente de enseñar contenidos, sino de asegurar que esos contenidos puedan transformarse en capacidades para actuar correctamente.
Por eso, las universidades, los hospitales docentes, el Ministerio de Salud, la Caja de Seguro Social y las organizaciones profesionales deberían compartir una definición clara del perfil de competencias que necesita el país.
Y esa definición debe estar alineada con nuestras necesidades epidemiológicas y sociales.
¿Qué médico necesita Panamá?
Esta es probablemente la pregunta que debemos colocar en el centro del debate.
Panamá no necesita simplemente más médicos. Necesita los médicos que su población necesita, en los lugares donde los necesita y con las competencias que requieren los problemas de salud que enfrentamos.
El país tiene una transición demográfica y epidemiológica que exige nuevas capacidades. Tenemos enfermedades crónicas, envejecimiento de la población, problemas de salud mental, enfermedades transmisibles que no han desaparecido, desigualdades territoriales, necesidades de salud maternoinfantil y una creciente demanda de atención integral.
Al mismo tiempo, necesitamos profesionales capaces de trabajar en redes integradas de servicios, utilizar información para tomar decisiones, coordinar equipos interdisciplinarios, desarrollar actividades de prevención y promoción y comprender los determinantes sociales de la salud.
Eso significa que la planificación del talento humano no puede limitarse a contar cuántos médicos se gradúan cada año.
Debemos saber cuántos necesitamos, qué especialidades requerimos, dónde existen déficits, cuáles son las necesidades futuras y qué competencias deben desarrollar los profesionales para responder a ellas.
Es justamente la idea que he planteado anteriormente: Panamá no tiene solamente un problema de cantidad de médicos. Tiene un problema de formación, planificación y decisión.
Formar más no necesariamente significa resolver el problema
Durante años hemos tendido a responder a las necesidades del sistema aumentando la oferta de profesionales.
Pero formar más médicos sin garantizar la calidad de la formación, suficientes campos clínicos, plazas de internado, oportunidades de especialización y una adecuada distribución territorial puede generar nuevos cuellos de botella.
Ya hemos visto cómo el internado puede convertirse en un punto de congestión cuando el número de egresados no guarda relación con las plazas disponibles y con la capacidad docente del sistema.
Y si el problema se desplaza posteriormente hacia las residencias médicas, tendremos simplemente trasladado el cuello de botella de un lugar a otro. Por eso necesitamos dejar de pensar en decisiones aisladas para la formación de los médicos en Panamá.
Formación universitaria, certificación, internado, especialización, contratación, educación permanente y distribución territorial forman parte de una misma política de talento humano.
Cuando cada institución administra solamente su propio tramo, el sistema pierde la visión de conjunto.
Una cadena que debemos integrar para la formación de los médicos en Panamá.
Propongo mirar la formación de los médicos en Panamá como una cadena:
Admisión → formación universitaria → evaluación de competencias → certificación → internado → especialización → incorporación al sistema → educación permanente → recertificación.
Cada eslabón debe tener objetivos, estándares, responsables e indicadores. Y todos deben estar conectados.
- No podemos resolver una eventual debilidad de la formación universitaria simplemente flexibilizando la certificación.
- No podemos resolver la insuficiencia de plazas de internado formando indefinidamente más médicos.
- No podemos solucionar la falta de determinados especialistas dependiendo permanentemente de la contratación de profesionales formados en otros países.
- Y tampoco podemos exigir calidad asistencial sin crear las condiciones para que los profesionales puedan aplicar las competencias que adquirieron.
La respuesta tiene que ser sistémica. Mañana seguimos con una propuesta de política nacional de formación y desarrollo del talento humano.
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