Panamá necesita mucho más que un nuevo ministro de Educación. Necesita una conducción capaz de transformar, con visión de Estado, un sistema educativo que durante décadas ha acumulado diagnósticos, propuestas, reformas parciales y buenos propósitos, pero que todavía no logra garantizar aprendizajes de calidad para todos los estudiantes.
No se trata de desconocer los avances ni el esfuerzo de miles de docentes, directores y funcionarios. Tampoco de comenzar nuevamente desde cero. Por el contrario, uno de los mayores errores de nuestra política educativa ha sido creer que cada administración debe empezar de nuevo.
Comparto contenido de mi artículo original en el diario digital Destino Panamá. Agrego al final un listado de publicaciones complementarias, y los invito a reflexionar sobre ¿Qué educación necesita Panamá para convertirse en el país que queremos?
El principal desafío para el ministro de educación
La educación no admite reinicios. Debe ser inclusiva, equitativa y de calidad y promover oportunidades de aprendizaje durante toda la vida para todos. Cada generación de estudiantes tiene una sola oportunidad de recibir la educación que necesita para desarrollar plenamente sus capacidades.
Por eso, el ministro que necesitamos debe entender que su principal desafío no será descubrir nuevos problemas ni anunciar otra lista de iniciativas. Será construir la capacidad política, técnica y gerencial para ejecutar una transformación educativa sostenida en el tiempo.
Panamá ya conoce buena parte de sus debilidades: bajos aprendizajes, profundas brechas sociales y territoriales, desigualdades entre estudiantes, infraestructura que todavía requiere atención, dificultades de gestión, un currículo que debe responder mejor a los desafíos del siglo XXI y una carrera docente que necesita fortalecerse y profesionalizarse.
También sabemos mucho de lo que debemos hacer.
Una visión de Estado
La primera condición es tener una visión que trascienda el período de gobierno.
La educación debe ser una política de Estado, no una política de administración. Y hoy existe una oportunidad concreta para avanzar en esa dirección: el Ministerio de Educación ha iniciado el proceso de construcción de una nueva Ley Orgánica de Educación, mientras ejecuta un Plan Estratégico 2025-2029 con metas relacionadas con aprendizaje, evaluación, formación docente y gestión.
El ministro que necesitamos debe aprovechar estos instrumentos para construir un verdadero pacto educativo nacional, con prioridades claras, metas verificables, responsables, plazos y mecanismos de rendición de cuentas.
Un pacto que no sea solamente una declaración de buenas intenciones.
El aprendizaje debe estar en el centro
El propósito último del sistema educativo no puede ser ejecutar programas, construir escuelas, distribuir computadoras o capacitar docentes. Todas esas acciones son importantes, pero son medios.
El fin es que nuestros niños, niñas y jóvenes aprendan.
Esto exige utilizar sistemáticamente la evidencia para saber qué están aprendiendo los estudiantes, dónde están las mayores dificultades y cuáles intervenciones producen resultados.
Panamá ya cuenta con instrumentos para hacerlo. El Meduca está aplicando evaluaciones diagnósticas y tiene prevista la Prueba Nacional CRECE para medir lectura, matemática y ciencias. El reto será convertir esa información en decisiones: apoyar a las escuelas que más lo necesitan, acompañar a los docentes, identificar buenas prácticas y ampliar aquello que funciona.
Una reforma que llegue al aula
No habrá transformación educativa sostenible sin transformar la manera en que enseñamos.
Y eso coloca al docente en el centro.
Panamá necesita simultáneamente dignificar la profesión docente y elevar su profesionalización. Esto implica mejorar la formación inicial y continua, establecer mecanismos transparentes y justos de evaluación, reconocer el buen desempeño, ofrecer oportunidades de desarrollo profesional y fortalecer el liderazgo de directores y supervisores.
El propio Plan Estratégico reconoce que los instrumentos de evaluación docente requieren actualización y plantea la construcción de un nuevo modelo de evaluación del desempeño con enfoque pedagógico.
La capacitación, sin embargo, no puede convertirse en un fin en sí mismo. Debemos preguntarnos siempre si está mejorando las prácticas pedagógicas y, finalmente, los aprendizajes.
Un ministro de educación que transforme la gestión
Este puede ser uno de los mayores desafíos.
Necesitamos pasar de una administración concentrada en procesos a una gestión orientada a resultados. Eso significa fortalecer los equipos técnicos del Ministerio, profesionalizar la gestión, mejorar los sistemas de información, otorgar mayor capacidad a los centros educativos y acompañar esa autonomía con responsabilidades claras.
También significa fortalecer la capacidad de ejecución. Una buena política que no se ejecuta es, finalmente, una mala política pública.
La experiencia de los últimos años demuestra que Panamá puede avanzar en asuntos importantes. En 2026, por ejemplo, comenzó la aplicación del rediseño curricular desde preescolar hasta duodécimo grado, después de más de una década de trabajo de actualización.
Ahora debemos evitar que ese esfuerzo quede aislado. El rediseño curricular debe formar parte de una transformación integral que incluya docentes, evaluación, gestión, infraestructura, tecnología y participación de las familias.
Un ministro de educación que gobierne con evidencia y transparencia
La educación moviliza enormes recursos públicos y determina buena parte del futuro del país. Por eso, cada balboa invertido debe poder relacionarse con una necesidad concreta y, en lo posible, con un resultado esperado.
La transparencia, la evaluación y la rendición de cuentas deben formar parte normal de la gestión educativa.
Y debemos recordar que la tecnología es un medio, no el propósito. Tener internet en las escuelas, incorporar inteligencia artificial o modernizar los recursos educativos puede ampliar enormemente las oportunidades de aprendizaje, pero ninguna tecnología sustituye a un buen maestro, un currículo pertinente, una escuela funcional o una gestión eficaz.
Capacidad para construir consensos
Finalmente, necesitamos un ministro capaz de dialogar.
Una reforma educativa no puede imponerse desde un despacho. Debe construirse con docentes, estudiantes, padres de familia, universidades, empresarios, organizaciones sociales, gobiernos locales y la Asamblea Nacional.
Pero dialogar no significa renunciar a gobernar. Significa escuchar, incorporar evidencia, explicar las decisiones y construir acuerdos alrededor de objetivos superiores. Y, cuando corresponda, tener la capacidad de tomar decisiones difíciles y sostenerlas.
La verdadera prueba
Al ministro de educación que necesitamos no deberíamos medirlo por la cantidad de anuncios realizados, programas inaugurados o convenios firmados.
Debemos medirlo por algo mucho más sencillo y mucho más difícil: si nuestros estudiantes están aprendiendo más y mejor; si las brechas se están reduciendo; si nuestros docentes están mejor preparados y reconocidos; si nuestras escuelas funcionan; y si el sistema educativo tiene capacidad para sostener esos avances en el tiempo.
Panamá no necesita otra reforma educativa que termine archivada cuando cambie el gobierno. Necesita comenzar una transformación gradual, seria e irreversible.
El ministro que necesitamos, por tanto, no es simplemente un buen administrador del Ministerio de Educación. Es alguien capaz de asumir que educar es construir las capacidades de la nación.
Y esa tarea exige visión de Estado, conocimiento, liderazgo, capacidad de ejecución, transparencia y la voluntad de colocar el futuro de nuestros estudiantes por encima de cualquier interés político de corto plazo.
Porque la pregunta no es solamente qué ministro queremos. La pregunta es mucho más importante:
¿Qué educación necesita Panamá para convertirse en el país que queremos?
Lecturas complementarias
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