La transformación digital en salud es una necesidad impostergable para Panamá. Puede ayudarnos a mejorar el acceso a los servicios, integrar la información clínica, fortalecer la vigilancia epidemiológica y utilizar mejor los recursos públicos.
Por eso, la Estrategia Nacional para la Transformación Digital en Salud 2025-2030 merece nuestro respaldo. Pero respaldar una iniciativa necesaria no significa aceptar sin examen los anuncios oficiales ni confundir las presentaciones institucionales con resultados. Conozcamos algunos desafíos que tendremos que superar.
Digitalizar la fragmentación no es transformar el sistema de salud
Panamá corre el riesgo de digitalizar la fragmentación de sus servicios públicos de salud sin transformar las condiciones que la producen. Podemos disponer de expedientes electrónicos, consultas remotas y herramientas de inteligencia artificial y, aun así, mantener dificultades para acceder a especialistas, recibir medicamentos oportunamente y garantizar la continuidad de la atención entre el Ministerio de Salud (MINSA) y la Caja de Seguro Social (CSS).
Si eso ocurre, habremos avanzado en tecnología, pero no necesariamente en salud.
Una estrategia necesaria, pero insuficiente por sí sola
La Estrategia Nacional para la Transformación Digital en Salud, presentada en marzo de 2025 con el apoyo de la Organización Panamericana de la Salud (OPS), establece una hoja de ruta hasta 2030. Sus ámbitos de actuación comprenden la gobernanza, la gestión de datos, la infraestructura tecnológica y la interoperabilidad, la gestión del conocimiento, la inteligencia artificial y la telemedicina.
Se trata de componentes relevantes para modernizar los servicios y fortalecer la capacidad de decisión de las autoridades sanitarias.
En mayo de 2026, el propio MINSA informó sobre la revisión de los resultados de 2025 y la formulación del plan de trabajo para 2026-2027. Reconoció avances conceptuales y técnicos, pero también desafíos relacionados con las capacidades operativas, la articulación presupuestaria y el marco normativo de la salud digital. Este reconocimiento merece atención. Confirma que el desafío no consiste solamente en definir una estrategia, sino en crear las condiciones para ejecutarla.
Ahora bien, ¿cómo podemos evaluar su cumplimiento? ¿Qué objetivos se han alcanzado? ¿Cuáles presentan retrasos? ¿Qué recursos se han asignado y qué resultados concretos están obteniendo los pacientes? No basta con conocer las actividades realizadas; debemos saber qué cambios están produciendo.
Digitalizar la fragmentación no es integrar los servicios
Este es, probablemente, el mayor desafío de la transformación digital en salud.
El MINSA y la CSS atienden a la población mediante estructuras institucionales, procedimientos y sistemas de información que necesitan una coordinación mucho más efectiva. La falta de integración repercute en la continuidad de la atención, el intercambio de información clínica y la utilización de los recursos disponibles.
Si cada institución desarrolla sus propias plataformas sin estándares comunes ni mecanismos efectivos de interoperabilidad, corremos el riesgo de crear nuevos compartimentos digitales que reproduzcan la fragmentación existente.
El paciente continuaría soportando las consecuencias: repetir su historia clínica, trasladar documentos, gestionar referencias y enfrentar dificultades para que los profesionales conozcan oportunamente sus antecedentes y tratamientos.
La transformación digital debe contribuir a superar estas barreras. Necesitamos sistemas capaces de intercambiar información de manera segura, facilitar las referencias y contrarreferencias, mejorar la coordinación entre establecimientos y dar seguimiento a las necesidades de cada paciente.
Esto exige acuerdos institucionales, estándares comunes, responsabilidades definidas y protección rigurosa de los datos personales.
La integración digital en salud debe ser un instrumento para integrar los servicios de salud, no una modernización tecnológica de la fragmentación existente.
La tecnología no sustituye la transformación de la gestión
Otro riesgo consiste en suponer que las nuevas herramientas resolverán, por sí solas, los problemas de organización y funcionamiento de los servicios.
La tecnología puede agilizar procedimientos, mejorar la información disponible y apoyar decisiones clínicas y administrativas. Sin embargo, no sustituye la necesidad de revisar procesos ineficientes, fortalecer la atención primaria, profesionalizar la gestión y establecer responsabilidades por los resultados.
Digitalizar un procedimiento innecesariamente complicado no lo convierte automáticamente en un buen procedimiento. Instalar un sistema de citas tampoco garantiza que existan suficientes profesionales para atender la demanda.
La telemedicina puede acercar especialistas a comunidades de difícil acceso, pero necesita establecimientos preparados para dar continuidad a la atención, realizar los estudios requeridos y garantizar los tratamientos prescritos.
Del mismo modo, la inteligencia artificial puede contribuir a mejorar la vigilancia epidemiológica, la planificación sanitaria y el apoyo a las decisiones clínicas, siempre que se utilice con datos de calidad, criterios de seguridad, supervisión humana y mecanismos para prevenir sesgos.
Por eso, cada proyecto digital debería comenzar con una pregunta fundamental: ¿qué problema sanitario queremos resolver y qué resultados concretos esperamos obtener? La respuesta debe orientar la inversión, el diseño de las soluciones y la evaluación posterior.
Sin recursos, capacidades y rendición de cuentas no habrá transformación digital en salud
La transformación digital del sistema de salud requiere financiamiento sostenible, personal capacitado, infraestructura adecuada y mecanismos de gobernanza que permitan coordinar a las instituciones involucradas.
Los costos no terminan cuando se adquiere una plataforma. Es necesario mantenerla, actualizarla, garantizar la conectividad, proteger los datos y formar continuamente al personal.
También debemos evitar que las desigualdades territoriales de conectividad y alfabetización digital se conviertan en nuevas barreras de acceso, especialmente para las comunidades rurales y las comarcas indígenas.
La estrategia necesita, además, indicadores públicos que permitan evaluar sus avances. Entre ellos deberían figurar la interoperabilidad efectiva de los sistemas, la reducción de tiempos de espera, la continuidad de las referencias, la disponibilidad de información clínica y las mejoras verificables en la calidad, seguridad y equidad de la atención.
No se trata de multiplicar indicadores, sino de seleccionar aquellos que permitan comprobar si la transformación digital en salud está produciendo beneficios reales para la población.
Del anuncio a la transformación digital en salud
Panamá necesita convertir la Estrategia Nacional para la Transformación Digital en Salud en una hoja de ruta operativa, con prioridades claras, responsables institucionales, plazos definidos, financiamiento sostenible y mecanismos de seguimiento y rendición de cuentas.
El MINSA y la CSS deben avanzar hacia acuerdos efectivos de interoperabilidad y garantizar que las inversiones tecnológicas respondan a las necesidades de las redes de servicios y de sus usuarios. Las universidades, los profesionales sanitarios y la sociedad civil también pueden contribuir a evaluar los avances y proponer mejoras.
La cooperación técnica internacional es valiosa, pero la responsabilidad de ejecutar la estrategia y demostrar sus resultados corresponde a nuestras instituciones.
La transformación digital en salud no puede convertirse en otro ejercicio de planificación que genere expectativas sin modificar sustancialmente la realidad de los servicios. Necesitamos liderazgo, coordinación institucional, recursos, talento humano y una evaluación rigurosa de los resultados.
Respaldar esta estrategia significa también exigir su cumplimiento. Significa reconocer los avances cuando estén demostrados, identificar las dificultades y corregir oportunamente las desviaciones.
El éxito no se medirá por la modernidad de las plataformas ni por el entusiasmo de sus presentaciones. Se medirá por su capacidad para mejorar la vida de las personas y contribuir a construir un sistema de salud integrado, eficiente, seguro y equitativo.
Panamá no necesita simplemente digitalizar sus servicios de salud. Necesita transformarlos para que respondan mejor a las necesidades de su población.
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