La resiliencia en los servicios de salud es la capacidad de un sistema o centro sanitario para absorber perturbaciones, responder con eficacia, recuperarse rápidamente y adaptarse ante emergencias, desastres naturales, crisis económicas o pandemias, garantizando la continuidad de la atención médica.
En ese sentido, basado en mi columna de opinión de La Estrella de Panamá, ofrezco en este artículo cinco recomendaciones para garantizar la resiliencia en los servicios de salud en Panamá.
Resiliencia de los servicios de salud
El terremoto del 9 de octubre nos recordó que la preparación ante los desastres no puede limitarse a responder cuando ocurre una emergencia. La verdadera capacidad de un país se demuestra antes, mediante la prevención y la reducción de riesgos; durante el evento, manteniendo la atención y protegiendo la vida; y después, recuperando los servicios y aprendiendo de lo ocurrido.
Ver estados de situación que ofrece la OPS aquí.
En salud pública, esto significa avanzar hacia un sistema capaz de anticipar amenazas, absorber sus impactos, adaptarse a circunstancias extraordinarias y recuperar oportunamente sus funciones esenciales. Es lo que la Organización Panamericana de la Salud (OPS) promueve mediante su iniciativa de Hospitales e Instalaciones de Salud Resilientes frente a Emergencias de Salud y Desastres.
De hospitales seguros a servicios de salud resilientes
La iniciativa de Hospitales Seguros de la OPS busca garantizar que los establecimientos sanitarios permanezcan accesibles y operativos después de un desastre, protegiendo su infraestructura y servicios esenciales. El enfoque de Hospitales Resilientes amplía esta visión al incorporar la sostenibilidad ambiental, la inclusión y la capacidad de adaptación.
La resiliencia debe abarcar todo el sistema sanitario: centros de salud, atención prehospitalaria, vigilancia epidemiológica, laboratorios, suministros, personal y coordinación asistencial. No basta con tener edificios seguros; es indispensable garantizar accesos, medicamentos, traslados y continuidad de los tratamientos y servicios esenciales durante las emergencias, precisamente cuando la población más los necesita.
Panamá: avances que debemos convertir en capacidades efectivas
Panamá cuenta con avances institucionales para fortalecer la resiliencia sanitaria: una Comisión Interinstitucional de Instalaciones de Salud Resilientes contra Emergencias, una oficina de gestión de riesgos, planes multiamenazas y un centro de operaciones de emergencia.
Adicionalmente, en julio de 2026, el MINSA y la OPS/OMS capacitaron personal en evaluación de riesgos, seguridad hospitalaria e inclusión. Tras el terremoto, iniciaron una misión técnica para evaluar instalaciones afectadas y apoyar la continuidad asistencial.
Estos pasos son importantes, y los reconocemos, pero no garantizan por sí solos la preparación nacional. Es indispensable conocer las vulnerabilidades identificadas, las inversiones realizadas y las medidas correctivas efectivamente implementadas.
¿Cómo garantizar la resiliencia de nuestros servicios de salud?
A mi juicio, Panamá debe avanzar en cinco direcciones complementarias.
Evaluar y reducir los riesgos
Cada establecimiento debe conocer las amenazas que enfrenta, su vulnerabilidad estructural y funcional y su importancia dentro de la red. Las herramientas de la OPS, como el Índice de Seguridad Hospitalaria y la Evaluación Estratégica del Riesgo de Emergencias y Desastres en Establecimientos de Salud, pueden contribuir a priorizar las intervenciones. Los resultados deben traducirse en planes de mejora con responsables, plazos y presupuestos.
Garantizar la continuidad de los servicios esenciales
Es indispensable comprobar periódicamente la disponibilidad de agua, electricidad de respaldo, oxígeno, medicamentos, insumos, comunicaciones y personal. También debemos disponer de planes para mantener la atención de urgencias, cirugía, maternidad, diálisis y otros servicios cuya interrupción puede poner vidas en peligro.
Fortalecer la integración de la red sanitaria
El MINSA y la Caja de Seguro Social (CSS) deben contar con mecanismos operativos de coordinación para compartir información, organizar referencias y traslados, redistribuir pacientes y movilizar recursos. Las Redes Integradas de Servicios de Salud pueden contribuir a que los establecimientos actúen como partes de un sistema coordinado y no como unidades aisladas.
Institucionalizar la preparación y el aprendizaje
Los planes deben probarse mediante simulacros y ejercicios que involucren a hospitales, centros de salud, servicios prehospitalarios, SINAPROC y otras instituciones. Cada ejercicio o emergencia debe generar una evaluación posterior, con fallas identificadas, acciones correctivas y seguimiento de su cumplimiento.
Asegurar la equidad y la inclusión
La planificación debe considerar las necesidades de las personas con discapacidad, los adultos mayores, las mujeres embarazadas, los pacientes con enfermedades crónicas y las comunidades rurales e indígenas. Una respuesta resiliente no puede concentrar las capacidades en la capital y dejar desprotegidas a las poblaciones con mayores dificultades de acceso.
Una responsabilidad permanente del Estado
La resiliencia requiere liderazgo, financiación sostenida, coordinación interinstitucional y transparencia. Por ello, el MINSA y la CSS, junto con la OPS y las demás instituciones competentes, deben establecer prioridades nacionales, definir indicadores verificables y comunicar periódicamente los avances y las brechas pendientes.
Entre los indicadores fundamentales deberían figurar la proporción de establecimientos evaluados, el cumplimiento de las medidas correctivas, la disponibilidad comprobada de suministros críticos, la realización de simulacros y la capacidad de mantener o restablecer servicios esenciales dentro de plazos definidos.
El desafío no es elaborar más documentos, sino convertir los instrumentos existentes en capacidades demostrables.
Panamá necesita pasar de la preparación declarativa a una resiliencia sanitaria medible, financiada y evaluada de manera permanente. Porque la próxima emergencia no esperará a que terminemos de organizarnos. Y cuando llegue, la calidad de nuestra preparación determinará, en buena medida, nuestra capacidad para proteger la vida, reducir el sufrimiento y garantizar que nadie quede sin atención.
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