En Panamá, la epidemia que no ocupa titulares avanza sin ruido, pero con consecuencias profundas en la vida de miles de personas y familias. Las enfermedades no transmisibles no solo enferman cuerpos; también revelan las debilidades de un sistema que no logra anticiparse ni acompañar adecuadamente a quienes más lo necesitan.
En ese contexto, la formación médica sigue sin alinearse plenamente con esta realidad, dejando una brecha crítica entre lo que el país enfrenta y cómo prepara a quienes deben cuidarlo.
¿Para qué tipo de país estamos formando médicos?
Mientras Panamá debate —una y otra vez— cuántas plazas de internado hacen falta, cuántos cupos de residencia deben abrirse y cómo destrabar los cuellos de botella en la formación médica, hay una pregunta más incómoda que seguimos evitando: ¿Para qué tipo de país estamos formando médicos?
Porque el problema no es solo cuántos médicos formamos. Es, sobre todo, para qué los estamos formando.
Hoy, la principal causa de enfermedad, discapacidad y muerte en Panamá —y en el mundo— no son las epidemias infecciosas, ni los accidentes, ni siquiera las crisis sanitarias coyunturales. Son las enfermedades no transmisibles (ENT).
En Panamá, de acuerdo con el INEC, en el 2024 se registraron 14,110 defunciones por ENT (61% de todas las defunciones): enfermedades cardiovasculares (7,240), tumores (3844), diabetes mellitus (1,426) y enfermedades respiratorias crónicas (1,699).
Son silenciosas, progresivas, prevenibles en gran medida… y, sin embargo, devastadoras. Y aquí está la paradoja: el sistema de salud gira alrededor de ellas, pero la formación médica aún no.
La epidemia que no ocupa titulares
Las ENT no colapsan hospitales de un día para otro. No generan titulares de emergencia. No activan conferencias de prensa diarias. Pero matan más. Mucho más.
Lo hacen antes de tiempo —en plena edad productiva— y lo hacen de forma desigual, golpeando con mayor fuerza a quienes tienen menos acceso, menos información y menos oportunidades. Además, no solo enferman personas, enferman economías.
Reducen la productividad, incrementan el gasto público, empobrecen hogares y comprometen la sostenibilidad del sistema de salud. Cada paciente mal controlado es, también, una señal de un sistema que llega tarde —y paga más por ello.
Y, sin embargo, seguimos organizando la respuesta sanitaria como si el problema principal fuera otro.
Un sistema que reacciona… cuando ya es tarde
El patrón es conocido, repetido y costoso:
- Diagnósticos tardíos
- Pacientes que llegan con complicaciones evitables
- Atención fragmentada
- Escasa continuidad del cuidado
En otras palabras: intervenimos cuando la enfermedad ya avanzó, no cuando podía evitarse o controlarse a tiempo.
Esto no es casualidad. Es el resultado de un modelo que prioriza lo hospitalario, lo curativo y lo especializado, por encima de lo preventivo y lo integral.
Y en ese modelo, el primer nivel de atención —donde deberían detectarse y manejarse tempranamente las ENT— sigue siendo el eslabón más débil.
El punto ciego: cómo estamos formando a los médicos
Aquí es donde la discusión sobre internado y residencia deja de ser administrativa y se vuelve estratégica. Porque el médico interno y el residente no son solo “recursos en formación”.
Son, en la práctica, la primera línea del sistema de salud.
- Ven al paciente por primera vez
- Detectan —o no— factores de riesgo
- Diagnostican —o dejan pasar— una hipertensión, una diabetes, un cáncer en etapa inicial
- Inician —o retrasan— el tratamiento adecuado
Y, sin embargo, su formación sigue arrastrando tres problemas estructurales:
- Predominio del enfoque hospitalario Se forman para resolver casos complejos en hospitales, no para prevenirlos en la comunidad.
- Débil énfasis en prevención y detección temprana Se enseña más a tratar complicaciones que a evitar que ocurran.
- Fragmentación del manejo clínico Poca integración entre disciplinas, escasa continuidad del cuidado, limitada formación en seguimiento de enfermedades crónicas.
El resultado es predecible: médicos que saben mucho sobre la enfermedad avanzada… pero no siempre lo suficiente sobre cómo evitar que el paciente llegue a ese punto.
Sabemos qué hacer. No lo estamos haciendo.
A diferencia de otros problemas complejos, en las ENT no hay excusas técnicas.
La evidencia sobre lo que tenemos que hacer es abrumadora y consistente:
- Control del tabaco, alcohol y alimentación
- Promoción de estilos de vida saludables
- Tamizaje oportuno en el primer nivel
- Protocolos estandarizados de manejo
- Seguimiento continuo de pacientes crónicos
Son intervenciones costo-efectivas, probadas, replicables. La Organización Mundial de la Salud y la OPS las han definido con claridad en las Mejores prácticas para el control de las ENT y Mejor Atención para las Enfermedades No Transmisibles Entonces, ¿qué falla?
- Falla la implementación.
- Falla la gobernanza.
- Falla la prioridad política.
Y, crucialmente, falla la formación del recurso humano que debe ejecutarlas.
No es solo un problema de salud
Las ENT no se explican únicamente desde la medicina. Están profundamente influenciadas por:
- Entornos urbanos que desalientan la actividad física
- Sistemas alimentarios dominados por ultraprocesados
- Estrategias comerciales que promueven consumo nocivo
- Desigualdades sociales persistentes
Por eso, la respuesta no puede limitarse al Ministerio de Salud. Requiere un abordaje de los Determinantes sociales de salud desde un enfoque de Salud en Todas las Políticas, donde educación, economía, transporte, comercio y planificación urbana formen parte de la solución.
Pero incluso en ese contexto más amplio, hay algo que sigue siendo ineludible: sin médicos bien formados en ENT, el sistema seguirá llegando tarde.
La reforma pendiente: formar para prevenir, no solo para curar
Si Panamá quiere tomarse en serio el control de las enfermedades no transmisibles, necesita replantear —con urgencia— la formación médica desde sus cimientos. Eso implica, al menos, cinco cambios concretos:
- Reorientar el internado hacia el primer nivel de atención
Más comunidad, menos hospital como único escenario formativo. - Incorporar la detección temprana como competencia central
No como un tema accesorio, sino como una habilidad crítica. - Fortalecer el manejo integral de enfermedades crónicas
Con enfoque en continuidad del cuidado y seguimiento. - Desarrollar habilidades en prevención y consejería
Porque cambiar conductas es tan importante como prescribir medicamentos. - Integrar la formación con las políticas públicas de salud
Para que el médico entienda el contexto en el que actúa.
Esto no es un ajuste curricular menor. Es una redefinición del rol del médico en la sociedad.
La decisión que debemos tomar
Volvemos, entonces, al punto inicial. No es que no sepamos qué hacer.
Es que no hemos decidido hacerlo. Porque transformar la formación médica implica:
- Cambiar inercias institucionales
- Reordenar prioridades
- Redistribuir poder dentro del sistema de salud
- Y, sobre todo, asumir que el modelo actual ya no responde a la realidad del país
Esa es una decisión política. No técnica.
Una última pregunta incómoda sobre la epidemia que no ocupa titulares
Cada año, decenas de médicos internos y residentes entran al sistema con vocación, esfuerzo y expectativas. Pero el sistema les promete que serán parte de la solución. La pregunta es si estamos cumpliendo esa promesa.
Porque si los formamos para reaccionar cuando ya es tarde, si los insertamos en un modelo que no prioriza la prevención, si no les damos las herramientas para enfrentar la principal causa de muerte del país…
entonces no solo estamos fallando como sistema de salud. Estamos fallando como país.
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1 comentario en «<h1>La epidemia que no ocupa titulares</h1> <h3>Formamos médicos… pero no para enfrentar la principal causa de muerte</h3> »