Desarrollo sin resultados

No es un problema de velocidad. Es un problema de modelo.

América Latina vive una paradoja: desarrollo sin resultados. No es un problema de velocidad. Es un problema de modelo.

El debate ha comenzado a moverse hacia algo más profundo: la necesidad de pensar el desarrollo más allá del crecimiento, no como una consigna ideológica, sino como una respuesta a un modelo que ya no está produciendo bienestar ni sostenibilidad al ritmo que exige la realidad.

No es una percepción; es el diagnóstico de la CEPAL, que advierte sobre la necesidad de “acelerar el paso” en un contexto global marcado por la incertidumbre y la fragmentación.

Pero aquí surge una pregunta más profunda —y más incómoda— que rara vez se plantea en el debate público.

¿Y si el problema de desarrollo sin resultados no fuera la velocidad… sino la dirección?

La Agenda 2030 nació como una propuesta transformadora, centrada en las personas, el planeta y la igualdad. Sin embargo, diez años después, la región sigue atrapada en una combinación conocida: bajo crecimiento, alta desigualdad y debilidad institucional.

El diagnóstico está claro. Lo que no está claro —o no se quiere admitir— es que ese diagnóstico apunta a un problema estructural más profundo.

Ahí es donde el debate global comienza a moverse.

El relator especial de Naciones Unidas sobre pobreza extrema, ha puesto el dedo en la llaga: el modelo de crecimiento económico dominante no solo es insuficiente para erradicar la pobreza, sino que en muchos casos la reproduce, junto con la desigualdad y la degradación ambiental.

Su propuesta —una hoja de ruta “más allá del crecimiento”— rompe con décadas de ortodoxia. No se trata de crecer más para luego distribuir mejor. El desarollo sin resultados obliga a reconocer que crecer bajo las reglas actuales puede ser parte del problema.

La tensión de fondo

Por un lado, organismos como la CEPAL plantean la urgencia de acelerar la implementación de los ODS, mejorar la inversión pública y fortalecer las capacidades del Estado.

Por otro, voces como la de Olivier De Schutter, Relator Especial sobre la extrema pobreza, sugieren que, sin un cambio más profundo, esos esfuerzos serán insuficientes.

Dicho de forma directa: La Agenda 2030 podría estar chocando contra los límites del modelo que pretende reformar.

No es una contradicción menor. Es una contradicción estructural.

Durante décadas, América Latina ha seguido una narrativa relativamente estable: crecimiento económico como motor del desarrollo, complementado por políticas sociales para corregir desigualdades. Pero el desarrollo sin resultados están a la vista: crecimiento volátil, desigualdad persistente y sistemas públicos que no logran traducir el progreso macroeconómico en bienestar tangible.

La protección social: el punto ciego del modelo

Pero hay un elemento que suele quedar fuera del debate —y que es central para entender los límites del modelo actual—: la protección social.

Hoy, una proporción significativa de la población en los países de menores ingresos carece de acceso a sistemas básicos de seguridad social: pensiones, cobertura de salud o mecanismos de apoyo ante crisis. No se trata solo de una brecha de política pública; es una señal de un modelo que no ha sido diseñado para garantizar mínimos de bienestar.

En ese contexto, Olivier De Schutter ha sido claro: la protección social no es un complemento del desarrollo, es su condición de posibilidad. Es la herramienta más eficaz para fortalecer la resiliencia de las personas frente a crisis económicas, sociales y climáticas. Y, sin embargo, sigue siendo tratada como un gasto residual.

Aquí es donde el debate “más allá del crecimiento” adquiere una dimensión concreta.

Porque sin un piso sólido de protección social, cualquier modelo —tradicional o alternativo— termina reproduciendo desigualdad. No basta con crecer, ni siquiera con redistribuir parcialmente: es necesario garantizar condiciones básicas de seguridad económica y social.

Esto implica un cambio de enfoque.

  • Pasar de la protección social como red de contención a la protección social como infraestructura del desarrollo: sistemas universales de salud, educación, cuidados e ingresos que sostienen la productividad, la cohesión social y la estabilidad institucional.
  • Superar el asistencialismo para avanzar hacia la garantía de derechos: donde instrumentos como la renta básica, el empleo digno y los sistemas de cuidados no sean excepciones, sino pilares de un nuevo contrato social.

En otras palabras, si el crecimiento económico ha sido el motor del modelo tradicional, la protección social debe convertirse en el sistema operativo del nuevo modelo de desarrollo.

Desarrollo sin suficientes resultados en Panamá: no somos la excepción

Nuestro país ha sido, durante años, un ejemplo de crecimiento económico sostenido. Sin embargo, ese crecimiento convive con brechas territoriales profundas, servicios públicos desiguales y una percepción creciente de exclusión.

Hemos expandido la economía sin transformar plenamente la estructura del bienestar.

Y aquí es donde la discusión deja de ser técnica y se vuelve política.

Porque aceptar que el problema no es solo de ejecución —sino de modelo— implica abrir debates que incomodan:

  • ¿Debe el crecimiento seguir siendo el indicador central del éxito?
  • ¿Es posible reducir la pobreza sin redistribuir poder económico?
  • ¿Qué papel deben jugar los servicios públicos universales frente a los mercados?
  • ¿Puede haber desarrollo sostenible sin cambiar los patrones de consumo y producción?

La hoja de ruta que hoy gana terreno en el debate global introduce ideas que hace apenas unos años parecían marginales: renta básica, reducción de la jornada laboral, impuestos a la riqueza, alivio de deuda.

No son recetas aisladas. Son señales de que el contrato social está en discusión.

Y eso conecta directamente con el futuro de los propios ODS.

Si la comunidad internacional no incorpora estas tensiones en la agenda post-2030, corre el riesgo de repetir el mismo error: definir metas ambiciosas sin cuestionar las estructuras que impiden alcanzarlas.

En ese sentido, el debate no es si vamos a cumplir o no la Agenda 2030. El debate es otro: ¿Estamos dispuestos a cambiar lo suficiente como para que sea cumplible?

Porque si la respuesta es no, entonces el problema no será la falta de compromiso, ni de financiamiento, ni de capacidad técnica.

Será algo más simple —y más difícil de admitir—:

que seguimos intentando resolver los problemas del desarrollo con el mismo modelo que los produce.

Lecturas complementarias


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