
Comparto reflexiones sobre la importancia para Panamá de la Estrategia mundial de medicina tradicional 2025-2034, y los invito a lectura completa del documento original
La estrategia surge del reconocimiento por parte de la OMS del papel creciente de la medicina tradicional en todo el mundo y la necesidad de integrarla en los sistemas de salud con base científica.
En 2023, la Asamblea Mundial de la Salud solicitó la elaboración de una nueva estrategia mundial para el período 2025-2034. Mediante amplias consultas con los Estados Miembros, expertos y partes interesadas, la OMS formuló una visión para el acceso universal a una medicina tradicional, complementaria e integrativa segura, eficaz y centrada en las personas. Reflexionemos sobre su importancia para nuestro país.
Estrategia mundial de medicina tradicional 2025-2034: abundancia de saberes que debemos aprovechar
Durante décadas, la medicina tradicional en Panamá ha ocupado un lugar incómodo: ampliamente utilizada por la población, culturalmente legitimada en muchos territorios, pero institucionalmente ignorada. No está ausente del país; está ausente de la política pública. La adopción de la Estrategia Mundial de Medicina Tradicional 2025-2034 por la Organización Mundial de la Salud obliga a replantear esta contradicción y abre una ventana de oportunidad que Panamá no debería desaprovechar.
El documento no propone una romantización acrítica de los saberes ancestrales ni un retroceso frente a la medicina basada en evidencia. Todo lo contrario. La estrategia parte de una premisa clara y políticamente relevante: la medicina tradicional, complementaria e integrativa solo tiene cabida en los sistemas de salud si es segura, eficaz, regulada y centrada en las personas. Esta precisión es clave para el debate panameño, donde con frecuencia se caricaturiza la discusión entre defensores “tradicionalistas” y detractores “cientificistas”, como si se tratara de una disputa ideológica y no de un problema de salud pública.
Condiciones singulares para el desarrollo de la Estrategia de Medicina Tradicional en Panamá
Panamá reúne condiciones singulares que hacen especialmente pertinente esta agenda. Es un país pluriétnico, con pueblos indígenas que conservan sistemas médicos vivos; es megadiverso, con un patrimonio biológico estrechamente vinculado a prácticas terapéuticas tradicionales; y es, al mismo tiempo, un país con profundas brechas de acceso a la atención primaria de salud. En muchas comarcas y áreas rurales, la medicina tradicional no es una alternativa marginal: es el primer —y a veces el único— nivel de atención disponible para miles de personas.
En Panamá, las prácticas de medicina tradicional tienen diversas influencias:
- Pueblos indígenas: Guna, Ngäbe-Buglé, Emberá-Wounaan, entre otros, han conservado un profundo conocimiento de las plantas medicinales, rituales de sanación, espiritualidad y conexión con la naturaleza.
- Población afroantillana: Ha integrado hierbas, baños y prácticas curativas propias del Caribe.
- Mezcla mestiza: Muchas familias rurales usan remedios caseros a base de plantas, infusiones y ungüentos.
Sin embargo, el Estado ha optado históricamente por mirar hacia otro lado. El resultado es paradójico: prácticas que ya existen y que la población utiliza quedan fuera de cualquier marco de calidad, regulación o protección de derechos. No se investigan sistemáticamente, no se articulan con los servicios formales, no se protegen frente a la apropiación indebida y tampoco se supervisan adecuadamente. La informalidad no es neutral. Genera riesgos sanitarios, reproduce desigualdades y debilita la soberanía sobre el conocimiento tradicional.
Panamá en los Ejes de la Estrategia
La Estrategia Mundial de Medicina Tradicional 2025-2034 propone justamente salir de ese limbo. Su primer eje —fortalecer la base de evidencia— interpela directamente a Panamá. Integrar medicina tradicional no significa aceptar todo sin cuestionamiento, sino invertir en investigación local, documentar prácticas, evaluar su seguridad, identificar beneficios reales y entender posibles interacciones con tratamientos biomédicos. Universidades, centros de investigación, autoridades sanitarias y comunidades portadoras del conocimiento tienen aquí un rol que hoy está prácticamente vacío o fragmentado.
El segundo eje, la regulación, es aún más sensible políticamente. Regular no es prohibir ni folklorizar; es reconocer, ordenar y proteger. Implica establecer estándares para productos, prácticas y practicantes, respetando los contextos culturales y los derechos colectivos. Para Panamá, esto conecta con debates mayores sobre consentimiento previo, propiedad intelectual, biodiversidad y distribución justa de beneficios. La medicina tradicional no puede convertirse en un nuevo espacio de extractivismo del conocimiento ni en un negocio desregulado que termine perjudicando a las propias comunidades.
Quizás el aporte más potente de la estrategia para el país está en la integración en la atención primaria de salud. La OMS es explícita: la medicina tradicional debe complementar, no sustituir, los servicios formales, especialmente en el primer nivel de atención. Esto abre la puerta a modelos interculturales que mejoren la cobertura efectiva, aumenten la adherencia a tratamientos y fortalezcan la confianza de las comunidades en el sistema de salud. En un país con fuertes desigualdades territoriales, esta integración puede convertirse en una herramienta concreta de equidad y no solo en un discurso bienintencionado.
Además, la estrategia introduce por primera vez una definición clara de medicina integrativa como un enfoque interdisciplinario y basado en evidencia. Este punto no es menor. Significa que el debate deja de ser “medicina tradicional versus medicina moderna” y pasa a ser cómo combinar saberes de manera responsable para mejorar resultados en salud. Para un sistema de salud presionado financieramente, explorar opciones costo-efectivas, culturalmente aceptadas y socialmente legítimas no es ideología: es gestión pública inteligente.
Existe también una dimensión intersectorial que Panamá suele subestimar. La medicina tradicional conecta salud con ambiente, cultura, educación y desarrollo local. Proteger plantas medicinales es también proteger ecosistemas; reconocer saberes indígenas es preservar patrimonio cultural; fortalecer prácticas locales puede generar economías comunitarias sostenibles. Todo esto dialoga con los desafíos de resiliencia, sostenibilidad y cohesión social que el país enfrenta y que no pueden resolverse desde un enfoque sectorial estrecho.
Conclusión
El verdadero desafío, sin embargo, no es técnico. Es político. Adoptar esta estrategia de medicina tradicional implica aceptar que el sistema de salud panameño no puede seguir siendo monocultural, centralista y desconectado de la realidad de amplios sectores de la población. Implica pasar del discurso multicultural a políticas públicas concretas, con presupuesto, regulación y rendición de cuentas. Implica, en suma, gobernar una realidad que ya existe, en lugar de seguir ignorándola.
La pregunta, entonces, no es si Panamá debe integrar la medicina tradicional. Ya lo hace de facto, pero mal y sin reglas claras. La pregunta es si está dispuesto a hacerlo con evidencia, regulación, respeto de derechos y visión de sistema. La Estrategia Mundial de Medicina Tradicional 2025-2034 ofrece un marco legítimo, multilateral y técnicamente sólido para ese paso. Ignorarla sería perder una oportunidad histórica. Implementarla con seriedad podría convertirse en una de las decisiones más inteligentes —y más coherentes con nuestra diversidad y realidad territorial— de la política de salud panameña en la próxima década.
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