En seguimiento a mi artículo previo ofrezco argumentos sobre las implicaciones para Panamá de la Estrategia de la OMS Sobre la economía de la salud para todos (2026-2030)
Subrayo de entrada que, el compromiso suscrito al aprobar la estrategia, toca varios de los principales nudos estructurales del país: desigualdad, fragmentación institucional, financiamiento insuficiente de la salud pública, transición demográfica, informalidad laboral, crisis hídrica y debilidad de la planificación estatal. En el fondo, nos invita a replantear nuestra idea de desarrollo. Ya no se trata únicamente de crecer económicamente, sino de transformar ese crecimiento en bienestar, resiliencia y cohesión social. Veamos con más detalles las implicaciones para Panamá.
Panamá tendría que redefinir qué entiende por “desarrollo”
Durante décadas, Panamá ha sido presentado como una economía exitosa por:
- alto crecimiento del PIB,
- expansión logística,
- inversión extranjera,
- y modernización urbana.
Sin embargo, el país mantiene: fuertes desigualdades territoriales; brechas en salud; desnutrición infantil en comarcas; fragmentación del sistema sanitario; y grandes diferencias en esperanza de vida y acceso a servicios.
En ese sentido, como señalé en mi artículo sobre el PIB, LA OMS nos recuerda que el PIB no basta para medir progreso. Eso tiene implicaciones directas para Panamá:
- el crecimiento económico dejaría de ser el indicador dominante;
- y el bienestar poblacional pasaría a ser un criterio central de política pública.
Esto podría empujar al país hacia: presupuestos basados en bienestar; métricas multidimensionales; y evaluación del impacto sanitario de políticas económicas y fiscales.
En otras palabras: no bastaría con que la economía crezca; habría que demostrar que mejora efectivamente la vida de la población.
La salud dejaría de verse como gasto y pasaría a verse como inversión estratégica
Este es probablemente el cambio conceptual más importante, pues en Panamá todavía persiste una visión donde son percibidos muchas veces como “costos fiscales”: salud, educación, nutrición, agua, y protección social
Y, como señala la Estrategia suscrita, es justamente lo contrario: invertir en salud aumenta productividad; reduce pobreza; mejora capital humano; fortalece estabilidad social; y aumenta resiliencia económica.
Para Panamá esto tiene implicaciones muy concretas en, por lo menos, tres aspectos: salud, nutrición escolar y agua y saneamiento.
Atención primaria
El fortalecimiento del primer nivel de atención se convertiría en una prioridad económica: porque reduce costos hospitalarios, evita enfermedades, y protege productividad laboral.
Nutrición escolar
Programas de alimentación escolar dejarían de verse como asistencia social y pasarían a entenderse como: política de desarrollo humano, inversión cognitiva, y estrategia de productividad futura.
Agua y saneamiento
La crisis hídrica dejaría de tratarse solo como problema ambiental o logístico: pasaría a verse como problema de salud pública, productividad nacional, seguridad nacional, y sostenibilidad económica.
El documento fortalece el argumento de una reforma profunda del sistema de salud panameño
La Estrategia insiste en que para alcanzar la Cobertura Universal de Salud necesitamos, por lo menos: integración institucional, coordinación intersectorial, financiamiento sostenible, y enfoque preventivo.
Pero esto choca directamente con varios problemas históricos de Panamá: separación MINSA–CSS, duplicidades, fragmentación de compras, inequidades territoriales, y predominio hospitalocéntrico.
Entonces, la estrategia refuerza la idea de que Panamá necesita: mayor integración funcional del sistema, planificación sanitaria nacional, redes integradas, digitalización, y mejor gobernanza sanitaria.
No necesariamente implica una fusión inmediata institucional, pero sí exige mucha más articulación.
Implicaciones fiscales: impuestos saludables y prioridades presupuestarias
Aquí el documento puede resultar políticamente sensible, porque se propone impulsar: impuestos al tabaco, alcohol, bebidas azucaradas, y otras medidas fiscales saludables.
Y eso para nosotros abriría varios debates: ¿cómo financiar sosteniblemente la salud?; ¿cómo reducir enfermedades crónicas?; y ¿cómo usar la política fiscal para modificar conductas de riesgo?
Esto conecta directamente con el debate de la iniciativa “3 para el 35” que he señalado en este blog.
Además, el enfoque de la Estrategia aprobada podría fortalecer argumentos para: blindar presupuestos sociales, priorizar prevención, y evaluar gasto público según impacto en bienestar.
Panamá tendría que fortalecer su capacidad estatal
Este es uno de los puntos más delicados. Veamos por qué.
La estrategia supone: coordinación interministerial, políticas basadas en evidencia, planificación estratégica, capacidad regulatoria, y continuidad institucional.
Pero Panamá enfrenta: alta fragmentación política, debilidad de planificación, ciclos cortoplacistas, y limitada coordinación entre instituciones.
En la práctica, el mayor reto no sería técnico, sino de gobernanza del sistema de salud. Porque implementar esta visión requiere un Estado capaz de: coordinar, priorizar, regular, evaluar, y sostener políticas a largo plazo.
La estrategia puede fortalecer el debate sobre cohesión social y democracia
Hay un aspecto muy importante: la Estrategia sobre la economía de la salud para todos vincula directamente salud, equidad y estabilidad social.
Eso es especialmente relevante para Panamá después de: protestas sociales, crisis de confianza institucional, debates sobre minería, agua, pensiones, y desigualdad territorial.
El mensaje implícito es poderoso: sociedades con grandes desigualdades en bienestar terminan erosionando su gobernabilidad democrática.
Por eso la salud deja de ser solo un tema sectorial y pasa a convertirse en: asunto de estabilidad nacional, legitimidad estatal, y resiliencia democrática.
Oportunidad estratégica para Panamá
La Estrategia sobre la economía de la salud para todos (2026-2030) parte de una idea sencilla pero transformadora: la salud no debe verse únicamente como un gasto público, sino como una inversión estratégica para la productividad, la cohesión social, la resiliencia económica y el desarrollo sostenible.
Paradójicamente, Panamá podría tener ventajas importantes para adoptar este enfoque: somos un país relativamente pequeño; con: capacidad logística, conectividad, ingresos medios-altos, y potencial tecnológico.
Pero antes es obligatorio articular: salud, agua, nutrición, educación, protección social, y resiliencia climática. Y así, dentro de una visión integrada de bienestar, el país podría convertirse en un referente regional.
Pero eso requeriría abandonar parcialmente el paradigma de: “crecimiento económico primero, bienestar después”. Pues, como propone la Estrategia, es exactamente lo contrario: el bienestar y la salud son condiciones previas para un desarrollo sostenible y resiliente.
Y esa puede ser una de las discusiones más importantes para Panamá durante la próxima década.

