Estudiar sin hambre

Aprovechemos la directriz mundial de la OMS para promover una alimentación saludable entre la población infantil.

Estudiar sin hambre

En seguimiento a mi artículo previo, le dedico este a examinar hasta qué punto el Programa Estudiar sin Hambre está alineado con la nueva directriz mundial de la Organización Mundial de la Salud (OMS) para promover una alimentación saludable entre la población infantil.

Advierto de entrada que, estar alineados con la OMS no implica desmontar lo construido, sino profundizarlo y fortalecerlo. Significa mejorar la calidad y transparencia de los menús, regular de manera efectiva el entorno alimentario escolar, invertir en sistemas de evaluación rigurosos y asumir la alimentación escolar como una política estratégica de largo plazo.

De la directriz global a la política nacional

La directriz de la OMS ha sido clara: una alimentación saludable en las escuelas no puede reducirse a la entrega de alimentos. Requiere un enfoque integral, que transforme el entorno alimentario escolar, regule la oferta disponible, eduque en hábitos saludables y cuente con mecanismos efectivos de seguimiento y control. Las escuelas son un espacio estratégico porque allí se forman conductas que acompañan a las personas durante toda la vida.

Panamá no parte de cero. En un contexto regional marcado por la doble carga de la malnutrición —desnutrición persistente y aumento acelerado del sobrepeso y la obesidad—, el país ha dado pasos importantes para modernizar su política de alimentación escolar. El Programa Estudiar sin Hambre surge precisamente como respuesta a ese desafío.

Estudiar sin Hambre: avances que no deben minimizarse

Sería un error analizar el programa desde el prejuicio o la descalificación automática. Estudiar sin Hambre representa un avance sustantivo respecto a los esquemas tradicionales de asistencia alimentaria escolar. Su institucionalización mediante la Ley 115 de 2019 marcó un giro importante: pasar del enfoque limitado del “vaso de leche” o los refrigerios a una propuesta de comidas más completas, con criterios nutricionales y vocación de equidad territorial.

La ampliación progresiva de la cobertura, la priorización de escuelas en zonas rurales, comarcales y de mayor vulnerabilidad, así como la intención de articular compras a la agricultura familiar, son elementos que van en la dirección correcta. En términos de política social, el programa reconoce que no se puede aprender con hambre, y que la alimentación escolar es también una inversión en capital humano.

Sin embargo, alinearse con la OMS exige ir más allá de los avances iniciales.

Cuatro áreas que necesitan atención en el programa estudiar sin hambre

Para cumplir plenamente con el estándar internacional el programa estudiar sin hambre debe fortalecerse en las siguientes cuatro áreas.

Primero, la calidad nutricional y la estandarización de los menús.

Aunque se habla de alimentación saludable, existe poca información pública sistemática sobre la composición nutricional real de los alimentos que se sirven en las escuelas, su adecuación por edad y contexto, y su consistencia entre regiones. Sin transparencia y criterios claros, es difícil garantizar que lo que se ofrece responde efectivamente a las recomendaciones nutricionales.

Segundo, el entorno alimentario escolar ampliado.

La OMS insiste en que no basta con mejorar el comedor si, al mismo tiempo, dentro o alrededor de la escuela se venden alimentos ultraprocesados, bebidas azucaradas o productos de bajo valor nutricional. En Panamá, este sigue siendo un punto débil. El kiosco escolar, la venta informal y la publicidad indirecta continúan moldeando las decisiones alimentarias de niños y adolescentes, muchas veces en sentido contrario a lo que el programa promueve.

Tercero, el monitoreo y la evaluación de impacto.

Uno de los mayores déficits es la ausencia de evaluaciones periódicas, robustas y públicas que permitan medir el impacto del programa en indicadores nutricionales y académicos. Existen esfuerzos de línea base y seguimiento, pero no un sistema consolidado que permita responder con evidencia a una pregunta clave: ¿está mejorando efectivamente la salud y el rendimiento escolar de los estudiantes beneficiarios?

Cuarto, la gobernanza y la rendición de cuentas.

El programa se gestiona principalmente como una política de ejecución. Falta fortalecer su dimensión de gobernanza intersectorial, con roles claros entre educación, salud, desarrollo social y agricultura, así como mecanismos de rendición de cuentas accesibles a la ciudadanía.

Lo que la OMS advierte: las políticas sin control no bastan

La propia OMS lo señala con claridad: establecer políticas es solo el primer paso. Los mecanismos para monitorear y garantizar su cumplimiento son esenciales para que las directrices se apliquen de forma eficaz y coherente. A nivel mundial, muchos países cuentan con políticas de alimentación escolar, pero pocos han logrado regular de manera efectiva la comercialización de alimentos no saludables en los entornos educativos.

El riesgo es evidente: sin control, evaluación y coherencia, Estudiar sin Hambre podría quedar atrapado en una lógica asistencial, perdiendo su potencial transformador como política de salud pública y desarrollo humano.

Conclusión: alinearse no es desmantelar, es profundizar el programa estudiar sin hambre

El Programa Estudiar sin Hambre ha evolucionado de un piloto inicial a un programa de alcance nacional con cobertura significativa y sostenida, contando con un financiamiento asignado por el Estado panameño y seguimiento nutricional básico. Aunque hay buenas señales de impacto positivo, especialmente en términos de nutrición, falta evaluación de impacto académico y nutricional muy detallada y robusta publicada públicamente que permita medir con precisión sus efectos a mediano y largo plazo.

Sin embargo, subrayo que, estar alineados con la OMS no implica desmontar lo construido, sino profundizarlo y fortalecerlo. Significa mejorar la calidad y transparencia de los menús, regular de manera efectiva el entorno alimentario escolar, invertir en sistemas de evaluación rigurosos y asumir la alimentación escolar como una política estratégica de largo plazo.

Panamá cuenta con una oportunidad valiosa: aprovechar el acompañamiento técnico disponible a través de la OPS/OMS para cerrar estas brechas y convertir Estudiar sin Hambre en un referente regional. No se trata solo de que los niños coman en la escuela, sino de qué comen, cómo se decide, cómo se evalúa y con qué visión de futuro.


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