Transformar la calidad de la atención en salud

Un cambio de paradigma pendiente en Panamá

Transformar la calidad de la atención en salud

Transformar la calidad de la atención en salud fue el compromiso adquirido hace seis años, por los países de las Américas cuando aprobaron en el 57.º Consejo Directivo de la OPS la Estrategia y Plan de Acción para mejorar la calidad de la atención en salud 2020–2025.

Hoy en día, a seis años de su adopción, la Estrategia y Plan de Acción de la OPS sigue siendo un marco plenamente vigente. Más aún, la experiencia reciente —incluida la pandemia— ha puesto en evidencia que sin sistemas de salud de calidad, centrados en las personas y bien gobernados, no hay resiliencia posible. La pregunta clave ya no es si esta estrategia es pertinente, sino hasta qué punto nuestro país ha logrado convertirla en realidad.

Estrategia y Plan de Acción para mejorar la calidad de la atención en salud 2020–2025

Más que un documento técnico, la Estrategia y Plan de Acción para mejorar la calidad de la atención en salud 2020–2025 propuso un cambio de paradigma: pasar de sistemas fragmentados, centrados en la enfermedad y en la oferta institucional, hacia sistemas de salud centrados en las personas, las familias y las comunidades, orientados a resultados sostenibles y al logro de la Cobertura Universal de Salud.

Desde el inicio, la estrategia deja claro que la calidad no es un elemento accesorio, sino un atributo inherente de la salud universal. No puede haber acceso universal ni cobertura efectiva si los servicios son inseguros, ineficientes, deshumanizados o inequitativos. Por ello, este plan se sustenta directamente en la Estrategia para el Acceso Universal a la Salud y la Cobertura Universal de Salud de la OPS, y se alinea con los Objetivos de Desarrollo Sostenible y la Agenda de Salud Sostenible para las Américas 2018–2030.

Un enfoque sistémico, ético y basado en derechos para transformar la calidad de la atención en salud 

La estrategia introduce un enfoque que exige actuar simultáneamente en varios planos. En primer lugar, plantea un abordaje desde los sistemas de salud en su conjunto, reconociendo la interdependencia entre niveles de atención, sectores, actores públicos y privados. En segundo lugar, subraya la necesidad de acciones contextualizadas, adaptadas a las realidades nacionales, territoriales y poblacionales. Finalmente, coloca como principios rectores el derecho al goce del grado máximo de salud posible, la equidad, la solidaridad, la ética, la participación social y la toma de decisiones basada en evidencia.

Este enfoque reconoce que mejorar la calidad no es solo un asunto clínico o técnico, sino también político, organizacional y cultural. Implica transformar la forma en que se planifican, financian, gestionan y evalúan los servicios de salud.

Tres líneas estratégicas para transformar la Calidad de la atención en salud

La estrategia se articula en torno a tres líneas estratégicas de acción, que ofrecen un marco integral para avanzar en la mejora de la calidad de la atención.

Procesos permanentes de mejora de la calidad de la atención

La primera línea estratégica se centra en implementar procesos continuos para mejorar la calidad —incluida la seguridad— de la atención a lo largo de todo el curso de vida y en todos los puntos de contacto con el sistema de salud. Esto supone adoptar un enfoque sistémico, capaz de integrar servicios individuales y poblacionales, atención ambulatoria y hospitalaria, promoción, prevención, tratamiento, rehabilitación y cuidados paliativos.

Un elemento clave es el fortalecimiento del primer nivel de atención, como eje de redes integradas de servicios de salud bien organizadas, con capacidad resolutiva real y recursos suficientes. Sistemas que dependen excesivamente de los hospitales, o que no logran resolver problemas comunes en el ámbito ambulatorio, generan ineficiencias, saturación y peores resultados en salud.

La estrategia también destaca áreas tradicionalmente relegadas, como la salud mental, la rehabilitación y los cuidados paliativos, que requieren inversiones específicas y modelos de atención centrados en la dignidad y el bienestar integral de las personas.

Más allá de la calidad técnica, se subraya la importancia de la experiencia del paciente. La confianza en los servicios de salud se construye cuando estos garantizan no solo higiene y seguridad física, sino también respeto, trato digno, apoyo emocional y sensibilidad cultural, con especial atención a las poblaciones en situación de vulnerabilidad.

Para sostener la mejora continua, se requieren sistemas de información y vigilancia que permitan reportar eventos adversos, gestionar reclamos, medir la satisfacción de los usuarios y evaluar el impacto de las intervenciones. En este ámbito, la eSalud se presenta como una herramienta clave para la innovación, la gestión del conocimiento y la toma de decisiones basadas en evidencia.

La estrategia reconoce el valor de instrumentos como acreditaciones, certificaciones, guías clínicas y modelos de gestión de casos, siempre que integren los atributos esenciales de la calidad: atención centrada en las personas, seguridad, efectividad, oportunidad, eficiencia y equidad. Asimismo, resalta la eficacia de las estrategias multimodales, que combinan capacitación, comunicación, liderazgo, participación comunitaria y reconocimiento al buen desempeño.

Rectoría y gobernanza para una cultura de calidad

La segunda línea estratégica pone el foco en la rectoría y la gobernanza de los sistemas de salud, entendiendo que no puede haber calidad sostenible sin liderazgo, coherencia normativa y capacidad institucional.

Desarrollar una cultura de calidad implica promover valores éticos, innovación, comunicación efectiva, aprendizaje continuo y un enfoque no punitivo frente a los errores. Requiere recursos humanos capacitados, trabajo en equipos multidisciplinarios y el respaldo activo de la alta dirección.

La estrategia advierte que los sistemas de salud son redes adaptativas complejas. Mejoras aisladas —por ejemplo, solo en la práctica clínica— tienen un impacto limitado si no se abordan problemas estructurales como listas de espera, fragmentación de servicios o debilidades en la gestión. Por ello, las políticas nacionales de calidad deben estar alineadas con las políticas nacionales de salud y articular esfuerzos en todo el sistema.

Asimismo, se enfatiza la necesidad de coordinación intersectorial para enfrentar desafíos como las enfermedades no transmisibles, la resistencia a los antimicrobianos o la violencia contra la mujer. Las políticas de calidad deben integrar y dar coherencia a múltiples iniciativas existentes, involucrando a la sociedad civil y utilizando la retroalimentación como insumo para la mejora continua.

Un componente central es la actualización de los marcos legales y regulatorios, incluyendo la formación del personal de salud, el uso de tecnologías sanitarias, los derechos de los pacientes, la seguridad de las instalaciones y la salud ambiental. La evaluación, la auditoría y la rendición de cuentas son instrumentos indispensables para fortalecer la cultura de calidad y la confianza pública.

Financiamiento al servicio de la calidad y la equidad

La tercera línea estratégica aborda un aspecto crucial: el financiamiento de la salud. Para garantizar servicios de calidad, es indispensable contar con recursos suficientes y utilizarlos de manera eficiente y solidaria. La referencia del 6 % del PIB como gasto público en salud se plantea como una meta orientadora para fortalecer redes integradas, con énfasis en el primer nivel de atención.

La estrategia es clara al señalar que el componente público del financiamiento es clave para la equidad y la planificación. Por el contrario, el gasto de bolsillo constituye una barrera de acceso y afecta negativamente la continuidad y la calidad de la atención, especialmente en los hogares de menores ingresos.

También se analizan los efectos negativos de la segmentación del financiamiento, que genera desigualdades en la calidad de los servicios y debilita la redistribución del riesgo. En este sentido, se destaca que fondos más amplios y solidarios —idealmente un fondo nacional o pocos fondos grandes— favorecen la equidad, la eficiencia y la protección financiera de los hogares.

Finalmente, la estrategia examina los mecanismos de pago a proveedores, señalando que los sistemas mixtos, la capitación ajustada por riesgo, el pago por casuística y la compra estratégica tienen mayor potencial para promover calidad e integración. En contraste, el pago por acto médico y los presupuestos históricos mal diseñados tienden a incentivar ineficiencias y fragmentación.

El uso transparente y responsable de los recursos, la lucha contra el desperdicio y la corrupción, y la participación activa de la sociedad civil en la rendición de cuentas se presentan como condiciones indispensables para que el financiamiento contribuya efectivamente a mejorar la calidad de la atención.

Un desafío vigente para transformar la calidad de la atención en salud 

A seis años de su adopción, la Estrategia y Plan de Acción de la OPS sigue siendo un marco plenamente vigente. Más aún, la experiencia reciente —incluida la pandemia— ha puesto en evidencia que sin sistemas de salud de calidad, centrados en las personas y bien gobernados, no hay resiliencia posible. La pregunta clave ya no es si esta estrategia es pertinente, sino hasta qué punto los países han logrado convertirla en realidad.

Panamá está comprometido en avanzar hacia la integración del sistema público de salud para alcanzar la cobertura universal de salud. Es obligatorio que retomemos y desarrollemos plenamente la Estrategia y Plan de Acción para mejorar la calidad de la atención en salud 2020–2025.


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