De acuerdo con el reciente informe de la OMS, la medición de ODS relacionados con la salud enfrenta un problema más profundo que el rezago en los indicadores: la falta de datos para comprender los avances en el cumplimiento de la Agenda 2030.
El debate suele centrarse en si avanzamos lo suficiente, pero el verdadero punto ciego es otro: ¿estamos midiendo todo lo que realmente determina la salud? La evidencia reciente de la Organización Mundial de la Salud confirma que no.
Más allá de los indicadores tradicionales del sector salud, persisten vacíos críticos en los datos que capturan los determinantes sociales: pobreza, vivienda, violencia, migración, agua y saneamiento. En otras palabras, medimos mejor la enfermedad que las condiciones que la producen. Y esa brecha no es menor: es el límite real de lo que las políticas públicas pueden lograr.
Lo que no se mide no se gestiona ni se transforma
Un reciente análisis de la Organización Mundial de la Salud (OMS) revela una realidad preocupante: los sistemas de información global no están en capacidad de medir adecuadamente el avance los ODS relacionados con la salud. Y lo más relevante —y menos discutido— es que este problema no se limita al ODS 3, sino que atraviesa múltiples sectores que determinan la salud.
La salud, en efecto, no empieza en los hospitales. Se construye en las condiciones de vida: en el acceso a agua segura, en la calidad de la vivienda, en la nutrición, en la protección social, en la educación, en la seguridad y en la igualdad de género. Por eso, medir la salud implica necesariamente medir estos factores. Y ahí es donde el sistema global está fallando.
El estudio de la OMS es contundente. Cerca de un tercio de las metas de los ODS relacionados con la salud presentan más del 90% de datos faltantes. Más aún, en 2024, 41 de 43 indicadores clave tenían niveles críticos de información incompleta. Esto no es un problema marginal: es un colapso del sistema de medición.
Pero el hallazgo más revelador no está en el volumen de datos faltantes, sino en su distribución. Los mayores vacíos no se encuentran necesariamente en los indicadores tradicionales de salud —como mortalidad o cobertura de servicios—, sino en aquellos vinculados a los determinantes sociales. Indicadores sobre violencia, migración, vivienda o protección social presentan niveles alarmantes de ausencia de datos.
Esto debería encender todas las alarmas. Porque significa que estamos intentando mejorar la salud sin medir las condiciones que realmente afectan el cumplimiento de los ODS relacionados con la salud.
La paradoja es evidente: mientras los sistemas de salud logran cierto nivel de medición en variables clínicas, los factores estructurales permanecen en gran medida invisibles. Es como intentar tratar una enfermedad sin diagnosticar sus causas.
¿Por qué ocurre esto? Las razones son múltiples, pero convergen en un mismo punto: la fragmentación institucional.
Los datos siguen organizados en silos. Cada sector —salud, desarrollo social, ambiente, seguridad— produce información bajo sus propias lógicas, con metodologías distintas y sin interoperabilidad. No existe una arquitectura integrada de datos que permita entender la salud como un fenómeno multidimensional.
A esto se suma la naturaleza políticamente sensible de algunos indicadores de los ODS relacionados con la salud. La violencia de género, el abuso infantil o la exclusión de migrantes no son solo problemas técnicos de medición: son temas incómodos que muchos Estados prefieren no visibilizar plenamente. La ausencia de datos, en estos casos, no siempre es accidental.
También influyen limitaciones estructurales: sistemas estadísticos débiles, dependencia de encuestas costosas y poco frecuentes, falta de marcos legales que obliguen al reporte de información y baja inversión en sistemas de datos.
El resultado es un sistema global que depende cada vez más de estimaciones en lugar de datos reales. Casi la mitad de los indicadores se construyen a partir de modelos estadísticos. Si bien estas estimaciones cumplen una función importante, también pueden generar una ilusión de conocimiento del avance de los ODS relacionados con la salud, lo que desincentiva la inversión en sistemas nacionales de información.
Las implicaciones son profundas. Sin datos confiables, la toma de decisiones se debilita. La asignación de recursos pierde precisión. Las desigualdades se ocultan. Y la rendición de cuentas se diluye. La Agenda 2030, en ese contexto, corre el riesgo de convertirse en un ejercicio declarativo más que en una herramienta efectiva de transformación.
Conclusión: el problema de los ODS relacionados con la salud
Pero quizás la conclusión más importante es esta: no sanitario, es político e institucional.
La buena noticia es que el problema no es invisible para quienes lo estudian. El propio análisis de la Organización Mundial de la Salud plantea con claridad el camino a seguir para conocer ODS relacionados con la salud: fortalecer la coordinación entre ministerios de salud y oficinas nacionales de estadística, establecer marcos legales más sólidos para el intercambio de datos, invertir de manera sostenida en capacidades técnicas y mejorar la interoperabilidad de los sistemas de información. También subraya la urgencia de contar con procesos de reporte más regulares y estandarizados, incentivos claros para la generación de datos y mecanismos de rendición de cuentas que permitan cerrar las brechas, especialmente en los datos desagregados sobre desigualdades. En última instancia, lo que está en juego no es solo la calidad de la información, sino la capacidad misma de los Estados para gobernar la salud en toda su complejidad.
No se trata solo de mejorar hospitales o ampliar coberturas. Se trata de construir sistemas de información capaces de capturar la complejidad de la salud en todas sus dimensiones. Esto implica fortalecer las oficinas nacionales de estadística, integrar bases de datos entre sectores, establecer estándares comunes, garantizar transparencia y, sobre todo, asumir el compromiso político de medir aquello que incomoda.
Para países como Panamá, esta reflexión es particularmente relevante. El país cuenta con ventajas importantes en términos de capacidades institucionales y conectividad, pero enfrenta desafíos en la integración de sistemas de información y en la articulación entre sectores. Sin una visión sistémica de los datos sobre los ODS relacionados con la salud, cualquier estrategia de salud —por bien diseñada que esté— tendrá un alcance limitado.
La Agenda 2030 no fracasará únicamente por falta de resultados. Puede fracasar, más silenciosamente, por falta de evidencia. Porque al final, lo que no se mide, no se gestiona ni se transforma.
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