
En seguimiento a mi artículo previo, avancemos sobre cómo fortalecer la confianza en el Estado y, por ende, en la democracia.
Como señalé antes, la desconfianza se ha convertido en uno de los principales pasivos de muchos países y el nuestro no es la excepción. Desconfianza en las instituciones, en la política, en la justicia y, en muchos casos, entre los propios ciudadanos. Lo peor es que este deterioro no es abstracto: se traduce en menor inversión, más informalidad, mayor conflictividad social y una peligrosa normalización del “sálvese quien pueda”.
En ese sentido, comparto un resumen de propuestas concretas y equilibradas desde el Estado y desde la sociedad para fortalecer la confianza en el Estado y la democracia.