
La Organización Mundial de la Salud (OMS) lo volvió a advertir esta semana: Si los impuestos a las bebidas azucaradas y el alcohol no se ajustan al crecimiento de los ingresos y a la inflación, su mayor asequibilidad se traducirá en más obesidad, más diabetes, más enfermedades cardiovasculares, más cánceres y más lesiones asociadas al consumo de alcohol.
No es una predicción ideológica. Es evidencia acumulada para una verdad incómoda. No podemos postergar el aumento a los impuestos a las bebidas azucaradas y el alcohol, a fin de contribuir a controlar las enfermedades asociadas al consumo de azúcar y alcohol, que constituyen la principal causa de muerte en nuestro país.
Impuestos a las bebidas azucaradas y el alcohol
De acuerdo con nota de prensa de la OMS, las bebidas azucaradas y alcohólicas son cada vez más baratas, como consecuencia de los bajos tipos impositivos vigentes en la mayoría de los países, lo que alimenta la obesidad, la diabetes, las cardiopatías, los cánceres y las lesiones, especialmente en niños y adultos jóvenes.
En ese sentido, en dos nuevos informes mundiales publicados hoy (Informe mundial sobre el uso de los impuestos sobre el alcohol, 2025 (en inglés) e Informe mundial sobre el uso de los impuestos sobre las bebidas azucaradas, 2025 (en inglés)), la Organización Mundial de la Salud pide a los gobiernos que endurezcan sustancialmente los impuestos que gravan las bebidas azucaradas y alcohólicas. En los informes se advierte de que la laxitud de los sistemas tributarios está permitiendo que estos productos nocivos sigan siendo baratos, en un momento en que los sistemas de salud se enfrentan a una presión financiera cada vez mayor a causa de unas enfermedades no transmisibles y unas lesiones que se pueden prevenir.
En Panamá, durante años, el debate sobre los impuestos a las bebidas azucaradas y alcohólicas se ha reducido —y en muchos países— a una discusión fiscal o comercial. Se habla de recaudación, de impacto en la industria, de posibles efectos sobre el empleo. Rara vez se coloca en el centro lo esencial: estos impuestos son, ante todo, una herramienta de salud pública.
Precios que no suben, daños que sí
La OMS señala un fenómeno preocupante: aunque los precios nominales puedan aumentar, en términos reales estas bebidas se han vuelto más accesibles, porque los impuestos no crecen al ritmo de los salarios ni del costo de vida. En otras palabras, hoy resulta relativamente más fácil comprar refrescos azucarados o alcohol que hace una o dos décadas.
El resultado es previsible. El consumo aumenta, especialmente entre niños, adolescentes y jóvenes, y con él se disparan las enfermedades no transmisibles. No se trata solo de hábitos individuales; se trata de entornos que empujan al consumo nocivo mediante precios artificialmente bajos.
Panamá no es ajeno a esta realidad. Nuestro país ya enfrenta una carga creciente de obesidad, diabetes, hipertensión y enfermedades cardiovasculares, que presionan un sistema de salud fragmentado y financieramente estresado. A ello se suman las lesiones y muertes relacionadas con el alcohol, particularmente en accidentes de tránsito y violencia.
Impuestos que existen, pero no bastan
Es cierto: Panamá ya grava las bebidas azucaradas y alcohólicas. Pero la pregunta clave no es si existen impuestos, sino si son suficientes, bien diseñados y actualizados.
La evidencia internacional muestra que impuestos bajos, fragmentados o mal focalizados no cambian el comportamiento de consumo. Cuando el impuesto representa apenas una fracción mínima del precio final, el efecto disuasivo es casi nulo. Y cuando no se ajusta periódicamente, su impacto se diluye con el tiempo.
La OMS es clara: “muchos países han fallado no por falta de instrumentos, sino por falta de ambición. Gravar un poco para tranquilizar conciencias no salva vidas”.
No es castigo, es protección
Uno de los argumentos más repetidos contra estos impuestos es que son “punitivos” o “regresivos”. Pero ese razonamiento ignora un hecho central: las enfermedades asociadas al consumo de azúcar y alcohol golpean con más fuerza a los sectores de menores ingresos.
Son estas familias las que enfrentan mayores barreras para acceder a atención oportuna, las que pagan más gasto de bolsillo, las que ven truncadas trayectorias educativas y laborales por enfermedades prevenibles. Desde esta perspectiva, los impuestos bien diseñados no son un castigo: son una medida de protección social y sanitaria.
Además, cuando los ingresos generados se destinan —o al menos se priorizan— para salud, prevención y protección social, el efecto redistributivo puede ser positivo.
La iniciativa “3 para el 35”: una hoja de ruta
La advertencia reciente de la OMS se inscribe en un marco más amplio: la iniciativa “3 para el 35”, que propone aumentar en al menos un 50% los precios reales del tabaco, el alcohol y las bebidas azucaradas de aquí a 2035 mediante impuestos.
El objetivo es doble: reducir drásticamente el consumo nocivo y movilizar recursos internos para financiar salud y desarrollo. No es casual que este debate resurja en un contexto de estrechez fiscal y crecientes demandas sociales. La pregunta ya no es si podemos permitirnos estos impuestos, sino si podemos permitirnos no aplicarlos.
Aumentar los impuestos a las bebidas azucaradas y el alcohol: un debate impostergable para Panamá
Panamá necesita abrir una conversación seria, basada en evidencia y sin dogmas, sobre sus impuestos a las bebidas azucaradas y alcohólicas. No como un parche fiscal, sino como parte de una política integral de prevención de enfermedades no transmisibles.
Eso implica revisar tasas, ampliar coberturas, ajustar los impuestos a la inflación y al crecimiento económico, y —sobre todo— comunicar con honestidad a la ciudadanía que el objetivo no es recaudar más, sino enfermar menos.
La advertencia de la OMS es clara. Ignorarla sería, una vez más, elegir el corto plazo sobre la salud de las personas. Y ese es un costo que Panamá ya no debería estar dispuesto a pagar.
