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COVID-19 endémico no significa inofensivoEl COVID-19 endémico no significa inofensivo, así lo subraya la prestigiosa revista científica NATURE en el esclarecedor artículo del profesor de la Universidad de Oxford, Aris Katzourakis, titulado “COVID-19 endemic: does not mean harmless”.

Para comenzar, el autor hace un claro llamado de atención, al señalar que “la palabra ‘endémica’ se ha convertido en una de las más mal utilizadas de la pandemia. Y muchas de las suposiciones erróneas fomentan una complacencia fuera de lugar, pues eso no significa que COVID-19 llegará a un final natural. Veamos un resumen de traducción libre del artículo, y los invito como siempre a la lectura completa en su idioma original.

De acuerdo con el autor, “para un epidemiólogo, una infección endémica es aquella en la que las tasas generales son estáticas, no aumentan ni disminuyen. Más precisamente, significa que la proporción de personas que pueden enfermarse equilibra el ‘número de reproducción básico’ del virus, el número de individuos que infectaría un individuo infectado, asumiendo una población en la que todos podrían enfermarse”. En ese sentido nos recuerda, si los resfriados comunes son endémicos, también lo son la fiebre de Lassa, la malaria y la poliomielitis. Así como lo fue la viruela, hasta que las vacunas la erradicaron.

En otras palabras, una enfermedad puede ser endémica, generalizada y mortal. La malaria por ejemplo, mató a más de 600,000 personas en 2020. Diez millones enfermaron de tuberculosis ese mismo año y 1.5 millones murieron. Por su parte, la influenza, que es endémica, puede ser leve, grave o incluso mortal. La hospitalización y la muerte son más frecuentes en grupos de alto riesgo. Se calcula que las epidemias anuales causan 3 a 5 millones de casos graves y 290,000 a 650,000 muertes. Queda claro que, endémico ciertamente no significa que la evolución haya domesticado de alguna manera un patógeno para que la vida simplemente vuelva a la «normalidad».

En nuestro país, agrego yo, las enfermedades infecciosas y parasitarias, todas “endémicas”, causaron el año pasado 1,000 defunciones. En todo caso, como lo demuestra claramente a siguiente gráfica, estamos muy lejos de soñar siquiera con que el COVID-19 se convierta en endémico en Panamá, pues mantenemos un claro y exponencial aumento de casos.

Agrega el autor que, afirmar que una infección se volverá endémica no dice nada sobre cuánto tiempo puede llevar alcanzar la estasis, cuáles serán las tasas de casos, los niveles de morbilidad o las tasas de mortalidad o, lo que es más importante, qué parte de una población y qué sectores serán susceptibles. Tampoco sugiere una estabilidad garantizada: aún puede haber olas disruptivas de infecciones endémicas, como se vio con el brote de sarampión en EE. UU. en 2019. Las políticas de salud y el comportamiento individual determinarán qué forma, entre muchas posibilidades, adopta la COVID-19 endémica.

En ese sentido, nos recuerda el profesor Katzourakis, que el COVID-19 endémico no significa inofensivo. El mismo virus puede causar infecciones endémicas, epidémicas o pandémicas: depende de la interacción del comportamiento, la estructura demográfica, la susceptibilidad y la inmunidad de una población, además de si surgen variantes virales. Diferentes condiciones en todo el mundo pueden permitir que evolucionen variantes más exitosas, y estas pueden generar nuevas oleadas de epidemias. Estas semillas están vinculadas a las decisiones políticas de una región y la capacidad para responder a las infecciones. Incluso si una región alcanza un equilibrio, ya sea de baja o alta enfermedad y muerte, eso podría verse alterado cuando llega una nueva variante con nuevas características.

Existe una idea errónea generalizada y optimista de que los virus evolucionan con el tiempo para volverse más benignos. Este no es el caso: no existe un resultado evolutivo predestinado para que un virus se vuelva más benigno, especialmente aquellos, como el SARS-CoV-2, en los que la mayor parte de la transmisión ocurre antes de que el virus cause una enfermedad grave.

En sentido agrega, se puede hacer mucho. Primero, debemos dejar de lado el optimismo perezoso y agrego yo, complaciente. En segundo lugar, debemos ser realistas acerca de los niveles probables de muerte, discapacidad y enfermedad. Los objetivos establecidos para la reducción deben considerar que los virus circulantes corren el riesgo de dar lugar a nuevas variantes. Tercero, debemos usar, a nivel mundial, las formidables armas disponibles: vacunas efectivas, medicamentos antivirales, pruebas de diagnóstico y una mejor comprensión de cómo detener un virus en el aire mediante el uso de máscaras, distanciamiento y ventilación y filtración de aire. Cuarto, debemos invertir en vacunas que protejan contra una gama más amplia de variantes.

La mejor manera de evitar que surjan más variantes de la COVID-19, más peligrosas o más transmisibles es detener la propagación sin restricciones, y eso requiere muchas intervenciones integradas de salud pública, incluida, de manera crucial, la equidad de la vacuna. Cuanto más se replique un virus, mayor será la probabilidad de que surjan variantes problemáticas, muy probablemente donde la propagación sea mayor. La variante Alpha se identificó por primera vez en el Reino Unido, Delta se encontró por primera vez en India y Ómicron en el sur de África, todos los lugares donde la propagación era rampante.

Pensar que la endemicidad es leve e inevitable es más que erróneo, es peligroso: expone a la humanidad a muchos más años de enfermedad, incluidas oleadas impredecibles de brotes. Es más productivo considerar cuán mal podrían ponerse las cosas si seguimos dando al virus oportunidades para burlarnos. Entonces podríamos hacer más para asegurarnos de que esto no suceda. Tengamos siempre presente que, COVID-19 endémico no significa inofensivo.

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