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Adolescentes embarazadasEl año pasado mientras los panameños soportábamos, desmoralizados, los efectos de la impune corrupción institucional que nos aflige, la cifra de adolescentes embarazadas llegó a cerca de doce mil. En lo que va de este año, es muy probable que  cientos de adolescentes hayan iniciado su vida sexual en forma no planificada y desprotegida, resultando muchas de ellas, sin desearlo, embarazadas. Sumándose a las miles que al finalizar el año 2017, habrán sufrido esta experiencia que no les corresponde por ser todavía casi niñas. También al término del año, decenas de nuestras jovencitas habrán adquirido además el VIH, y algunas, aunque muy pocas, es posible que fallezcan por causas del embarazo y el parto. Y no estoy exagerando, démosle un vistazo a las estadísticas abrumadoras que tenemos a nuestro alcance.

adolescentes embarazadasDe acuerdo a nuestro Instituto Nacional de Estadísticas y Censo, los nacimientos vivos de madres menores de 19 años, muestran una clara tendencia al ascenso desde el 2006 al 2016. Resalto que para el año 2015 El 4.2% de los nacimientos ocurrieron en madres menores de 15 años. Ese mismo año solo el 14% de los padres tenían menos de 20 años, el 26% entre 20 y 24 años ¡y el 60% restante, fueron hombres mayores de 25 años! Es importante destacar que 181 fueron mayores de 40 años de edad.

Por su parte el Estado Mundial de la Población indica que “las probabilidades de que las adolescentes de entre 15 y 19 años mueran debido al embarazo o el parto son dos veces superiores que aquellas mayores de 20 años”. En nuestro país, alrededor del 20% de las muertes maternas, ocurren en madres menores de 19 años. Como se aprecia en la siguiente gráfica; en nuestro país, el 2015, nueve niñas-madres fallecieron por causas relacionadas con el embarazo y el parto.

defunciones maternas y adolescentes embarazadas

Las dos siguientes gráficas demuestran que el inicio sexual no planeado, involuntario o desprotegido, implica, además, el riesgo de contagio con infecciones de transmisión sexual, entre ellas el VIH /SIDA. En Panamá, como consecuencia del inicio sexual sin protección ni conocimientos suficientes, los casos de VIH y SIDA en la población adolescente se incrementan cada año, acercándose al 8% de la totalidad.

casos de VIH en adolescentes embarazadascasos de SIDA en adolescentes embarazadasAsimismo sabemos que el embarazo adolescente es una causa recurrente en la reproducción y feminización del círculo de la pobreza, ya que “la trayectoria de vida de las madres adolescentes está cargada de situaciones que vulneran sus derechos; en muchos casos son apartadas y discriminadas en sus lugares de estudio; se insertan en el mercado de trabajo en condiciones precarias; los comportamientos tradicionales de unión y embarazo temprano reducen las posibilidades de movilidad social; además, la recurrente ausencia de la pareja masculina, ya sea otro joven igualmente desprotegido que elude la responsabilidad paterna, o un adulto que se aprovecha de las circunstancias; agrava e incide directamente en la situación de pobreza de las madres adolescentes y sus hijas o hijos. Esta situación intensifica la desprotección de los menores ya nacidos frente a la pobreza y cronifica los retrasos en el desarrollo infantil temprano de las/os niñas/os que son fruto de una maternidad impuesta”.

A pesar de toda esta información abrumadora, nuestra sociedad no supera el debate hasta ahora estéril, improductivo, y en no pocas ocasiones insultante, sobre la “educación sexual” versus “la educación en sexualidad” que necesitamos. Unos afirman que “no se necesita una ley” para abordar el tema, apoyándose muchos en la religión, como si se tratara de un asunto religioso, pero no hay información que indique que una adolescente creyente evite las relaciones sexuales precoces y sin protección. Otros señalan la urgencia de la educación sexual apoyada en un marco legal renovado. Ambos grupos se mantienen “atrincherados en sus posiciones”, sin lograr el consenso necesario. Olvidamos que de lo que se trata es de ofrecer a nuestras adolescentes la información y el apoyo necesario para que sepan cuidarse, defenderse y tomar las mejores decisiones…

Por su parte nuestras instituciones tampoco aportan lo necesario: la Asamblea, presionada por parte de la sociedad y la Iglesia, decidió suspender la discusión del proyecto de Ley 61. El Meduca no ha logrado que las escuelas bajo su jurisdicción institucionalicen la educación integral en los contenidos del sexo y la sexualidad. El MINSA no consolida el abordaje efectivo de las necesidades de los adolescentes. Y las autoridades no persiguen y castigan ejemplarmente a los adultos que abusan de niñas menores de edad.

Entonces es clarísimo, como lo demuestran las estadísticas señaladas al inicio, que NO ESTAMOS HACIENDO LO SUFICIENTE. No basta con “darnos golpes de pecho”, discutiendo sobre si es sexo o es género, invocando valores como la familia, el amor, la educación, la fidelidad y la paternidad responsable, en los cuales, dicho sea de paso, todos creemos o afirmamos creer. Preguntémonos: ¿por qué nuestros adolescentes no se cuidan?, ¿acaso no saben que el sexo sin protección tiene consecuencias negativas?, ¿serán las presiones grupales?, ¿estarán confundidos por tantos mensajes?, ¿cómo estará su autoestima?, ¿estamos fallando los padres?, ¿Qué tenemos que hacer?, Esto no puede continuar pues cada día que pasa aumentan las posibilidades de embarazo y sufrimiento para nuestras adolescentes.

El primer paso que tenemos que dar como sociedad, es reconocer y aceptar, que “nuestros adolescentes y jóvenes, por razones hormonales y fisiológicas, desean y pueden ser sexualmente activos. Ese deseo no podemos considerarlo como anormal, como pecado o como tabú, es simplemente parte de nuestra naturaleza humana. Estamos obligados a ofrecerles los medios educativos y asistenciales para que puedan vivir su sexualidad sin riesgo, o abstenerse de ello, controlando el deseo hasta que sean adultos”. Si no lo hacemos, encontrarán información, muchas veces distorsionada, a través de los amigos, los medios y redes sociales, y probablemente tomen decisiones equivocadas.

Para que esto sea posible, hay que estar dispuestos a abrirnos al debate respetuoso, superando las murallas ideológicas, religiosas, políticas y “ponernos en los zapatos” de los adolescentes. No debemos optar por el fundamentalismo (de cualquier tipo) y sencillamente suprimir libertades, esgrimiendo cada uno sus argumentos personales. “Nuestra sociedad debe ofrecer herramientas a la población adolescente y juvenil para que sepa manejarse con éxito en este mundo de libertades”.

Este programa debe ser integral y con la participación de todos. Inicia en el hogar con los padres de familia, quienes, reconozcamos por favor, no han cumplido cabalmente con su misión, pero tienen el deber y el derecho de ser los primeros y principales educadores de sus hijos, basando sus mensajes en información validada, y en los principios y valores del amor y el humanismo solidario.

Pero no solo pueden ser los padres de familia. Le corresponde al Estado, que tampoco ha cumplido, colocar al frente de sus instituciones a profesionales  más capacitados y con mayor experiencia para establecer, con amplia participación, el marco legal, las políticas y programas que garanticen que sus instituciones sean capaces de involucrar y comprometer a las familias y comunidades en el desarrollo de programas de educación sexual integral, para que los adolescentes tengan acceso a toda la información y los medios para protegerse; para que puedan clarificar y consolidar valores y actitudes positivas; tomar decisiones fundamentadas y actuar con base en estas; y aumentar y mejorar la comunicación con padres, madres y otros adultos de confianza.

¡Ya basta de demoras, busquemos el consenso necesario por favor!

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